Trabajar de docente y ser docente no es lo mismo

Fuente: Google imágenes.

Agradezco los debates que suelo tener en las redes sociales con colegas de todos los campos, porque me resultan excelentes disparadores para mis entradas de blog. Si hay algo en el que tienen poder las redes es sobre esta posibilidad de conectarnos y llevarnos a intercambiar con personas de lo más diversas, y sin duda eso es lo que más enriquece. En este caso veníamos intercambiando sobre éste y otros temas con el colega del campo de la Matemática @pdenapo en Twitter, a quien agradezco nuevamente la inspiración. En realidad habíamos empezado a hablar sobre las Ciencias de la Educación y el status epistemológico de las Ciencias Sociales en general, y nos fuimos arrimando a este tema.

Dio la casualidad de que además de ese debate se suscitó en paralelo otro en un grupo de Facebook, en el cual algunos profesionales que trabajan como docentes hace un tiempo, manifestaron cierto desprecio por la formación docente que les requerían para el ejercicio de su empleo, al tiempo que expresaron que “ellos ya eran docentes hace años y no la necesitaban” y que tenían que cursarla y aprobarla sólo “porque se los exigían”.

Así fue que me decidí a escribir esta entrada, que quisiera comenzar contando que he tenido la suerte de dedicarme muchas veces a la formación docente de técnicos y profesionales de otras áreas y disciplinas, con quienes he aprendido muchísimo.

Dejemos algo muy claro: saber de una disciplina no significa que uno sepa enseñarla. La docencia, como profesión, se distingue por tener un conocimiento especializado: el de la Didáctica. Como tal requiere de estudio y formación, como cualquier otro campo de conocimiento. Nadie nace sabiendo enseñar. Siempre cuando digo estas cosas cito a mi gran maestra Cristina Davini que lo ha explicado con tanta claridad, tanto en sus textos como en sus clases.

¿Puede alguien tener más “habilidad”, “capacidad” o “destreza” para enseñar? Es posible. Pero aunque la tuviera, nunca resultaría suficiente: la formación en el conocimiento especializado es indispensable. Y ya sé que habrá quienes me cuenten anécdotas de algunos profesores que tuvieron que eran maravillosos y no tenían la formación docente, pero ahí también es necesario dejar de confundir el hecho de ser “buenos transmisores o divulgadores” con ser docentes.

La enseñanza como transmisión es parte de un modelo ya agotado. En la era de Internet la información se obtiene más rápido y mejor en segundos, que escuchando en vivo y en directo. Todo lo que se puede decir como exposición dentro de una clase se puede grabar y subir a Youtube, claro que nunca podríamos tener la misma interacción aunque todos dejaran sus comentarios.

Las estrategias de enseñanza además no se restringen al intercambio: promover, sostener y coordinar un buen debate respecto de los contenidos que se abordan también implica desarrollar una práctica con la que uno no nace. Observo cantidad de docentes que creen estar haciéndolo pero solamente alientan las “buenas respuestas” y descartan las que no les gustan, haciendo sentir muchos veces a sus alumnos que son incapaces de aprender o comprender y obturando toda posibilidad de continuar avanzando en el conocimiento. Conocer variedad de estrategias y tener claros los criterios para su selección e implementación de acuerdo a las situaciones reales y contextos que se afrontan, implica necesariamente contar con un conocimiento específico por parte del docente.

Trabajar con grupos no es tarea fácil: algunos docentes parecen conformarse con que uno o dos estudiantes los “sigan” sin importarle qué pasa con el resto, o atribuyéndoles a ellos el “fracaso” debido a condiciones personales. Esto puede verse sencillo solamente si el docente no se preocupa por el aprendizaje de sus alumnos y cree que la enseñanza se reduce a sus “excelentes explicaciones” y a aplicar exámenes. Lamentablemente luego sufrimos en todos los sentidos las consecuencias de estos modelos didácticos.

Las habilidades prácticas que debe desarrollar un docente, provienen sustancialmente de su enfoque didáctico: cómo concibe al alumno, al conocimiento y cómo plantea la enseñanza en función de ello. Este posicionamiento requiere necesariamente de un análisis desde modelos teóricos: las prácticas pedagógicas no son homólogas, sencillamente porque ni los grupos a los que se atiende ni los docentes son iguales y, como si fuera poco, varían de acuerdo al contenido a enseñar. ¿Es acaso posible saber de todo esto sin haberse formado?

La subestimación con que algunos profesionales de otros campos se acercan a la enseñanza es la raíz de muchos problemas que tenemos en el sistema educativo. No voy a dejar de mencionar que parte de la responsabilidad de este hecho se ubica en los propios colegas del campo de la educación, que suelen quedarse en discursos teóricos totalmente escindidos de las realidades y con ellos alejan toda posibilidad de que quienes provienen de otras áreas valoren lo que la Didáctica les ofrece como disciplina. Esto es producto también de que muchos “especialistas en educación” se han quedado dentro de las universidades o se han instituido en funcionarios del sistema, habiendo perdido hace rato la referencia de lo que pasa en un aula real y desde allí “evangelizan en verdades absolutas” y frases crípticas de carácter inaplicable.

En la era de la transdisciplina, a donde es imposible pensar el avance del conocimiento desde compartimientos estancos, resulta raro que conservemos las mismas mañas y prejuicios de ambos lados y no logremos tender puentes para poder usar lo mejor de cada campo de manera complementaria e integrada. Quienes ocupamos de la enseñanza tenemos mucho para ofrecer desde la Didáctica y quienes trabajan desde las disciplinas o campos del conocimiento tienen la expertiz del contenido específico. El “combo” depende indudablemente de un trabajo de equipo. Mientras sigamos enrostrándonos unos a otros nuestros prejuicios pero no trabajemos juntos, seguiremos viendo los mismos graves problemas que identificamos hoy en el sistema educativo. Y las responsabilidades quedarán homogéneamente distribuidas. ¿Es eso lo que queremos o buscamos mejorar la educación?

Tener un trabajo docente en el que se enseña, sin contar con la formación específica para hacerlo, es un exceso de confianza o tal vez un acto de poca conciencia. Los profesionales responsables lo saben y por eso buscan contar con el conocimiento especializado. Espero que los profesionales de la educación estemos a la altura de sus necesidades para poder enseñarlo.

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18 comentarios

  1. Qué cierto!!!
    Acá en la Patagonia es impresionante la cantidad que hay de “idóneos” que dan clases en el Secundario. Y muchos abogados, médicos, biólogos, arquitectos que dan clase sin ser docentes, además sostienen que son mejores que los profesores, ya que tienen formación universitaria. No debieran permitirlo, o al menos exigir que puedan cursar y rendir las materias pedagógicas, que deben incluir ciertamente, las prácticas en el aula. En Primaria no se permite, porque se exige el título de maestro.

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  2. Excelente, perdón: E-X-C-E-L-E-N-T-E! artículo Débora… los que estamos hace rato en la docencia y somos docentes de carrera, cada vez vemos más la brecha entre los profesionales que optan por dar clases (no estoy mencionando enseñar, nótese que lo hago adrede) y aquellos profesionales que realmente quieren ejercer docencia. Hablando con un compañero de una escuela, que es profesional pero está haciendo el profesorado porque le interesa avanzar en lo que hace, me decía que el solo hecho de cursar didáctica de la enseñanza le abrió la cabeza a un número inimaginable de posibilidades. Lamentablemente, el sistema educativo (en este caso, de nuestra Ciudad) fomenta y prefiere a los “expertos en asignaturas” sobre los que aprendieron a enseñar. Y la brecha se hace grande a la hora de trabajar con adolescentes… Una brecha que se hace quiebre, cuando no saben cómo enfrentarse a situaciones de enseñanza con alumnos que naturalmente son inquisidores, rebeldes e idealistas, y entonces se produce otra brecha que se hace problema cuando esos adultos que son muy expertos en literatura, derecho, agronomía, psicología -por decir algunos- contribuyen ampliamente a desorientar, enajenar y discriminar a chicas y chicos que jamás desarrollaran sus caminos al conocimiento como esos adultos pretenden que lo hagan. Abrazooo 🙂

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  3. Aplausos para este valiente y real arti ulo.Soy arquitecta y artista plastica.pero hace años hice el trayecto de Maestra Normal previo a mi formacion universitaria.A esta altura.con pocos años para jubilarme he comenzado el Profesorado Universitario .Tal vez.desde este lugar.pueda colaborar con los proximos docentes.que en este momento son profesionales idoneos ensu mayoria.y con los que tengo diferencias sustanciales acerca de sus concepciones sobre lo que debe ser el acto lleno de grandezas que es el educar..Gracias.

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  4. Interesante y constructivo artículo. Soy Ingeniero Agroindustrial de profesión y estudio una Maestria en Docencia Universitaria. Complementar las dos áreas me ha facinado al interrelacionarlas, pero es lamentable que muchos colegas y jefes traten de desvirtuar la labor del docente cono una profesion como tal, anteponiendo y privilegiando como primer lugar la esoecificidad del conocimiento científico de mi profesion, cuando realmente son vinculantes y complementarias. Lo que es cierto es que he mejorado en transmitir mis conocimientos y pues los estudiantes lo han notado. Saludos

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  5. Enhorabuena por el post. En positivo, creo que habría que buscar espacios de intercambio entre la universidad y la escuela. Sin duda, en la universidad se maneja la teoría, y en el aula se aprende a gestionar la compleja realidad. Cual novato explorador estoy desde hace unos años trabajando en la universidad y creo que mis compañeros tienen mucho que aportar a los que -como yo antes- se dejan la piel cada día en las aulas de enseñanza obligatoria.
    Espero que sus ideas, Débora, sean muy leídas y que, entre todos, seamos capaces de buscar o crear esos espacios y utilizarlos con la ilusión de la formación, de la mejora de nuestro desempeño como docentes, bien en la universidad bien en la escuela.

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