El orgullo del guardapolvo

En estos días extraño usar mi guardapolvo. Cuando pasé a trabajar como formadora de maestrxs dejé de usarlo. Sin embargo, siempre lo guardé como un tesoro, hasta el día de hoy. Nunca pude deshacerme de él.

Cuando veo mi guardapolvo me recuerdo como estudiante del profesorado alfabetizando los sábados en Ciudad Oculta, uno de los barrios más pobres de la Ciudad de Buenos Aires, de esos que hoy se han multiplicado y extendido dolorosamente. El guardapolvo funcionaba como un “escudo de protección” ante cualquier problema: sabíamos que nadie haría nada a un maestro/a. Y así funcionó durante muchos años de mi extensa carrera docente, hasta hoy.

Cuando trabajaba con niños el guardapolvo era el resguardo tanto de ellos como de sus familias: bastaba verlo para sentir la confianza. Podíamos ser mejores o peores, más o menos queridos, pero el guardapolvo siempre se respetaba.

Ahora ser docente puede constituirse en ser el blanco de represión policial; de agresiones gratuitas; de justificar lo injustificable. “Son sindicalistas, no maestros”, repiten algunos en las redes marcando contundentemente el desprecio que tienen por el desarrollo de una actividad docente comprometida con la lucha por los derechos. Para algunos ser docente es incompatible con la pelea por un trabajo digno: yo nunca podré compartir esa concepción. ¿Nos invalida esto para ser buenos docentes? ¿Habilita que cualquiera pueda insultarnos o agredirnos por ejercer esta profesión? No me importa si en la plaza había “infiltrados” ni “Baradeles” porque sé que había maestrxs: nada amerita abrir esa puerta que abrieron.

No hay vuelta atrás cuando se cierra todo diálogo posible. No hay vuelta atrás cuando no podremos sostener una imagen de mínima autoridad de la docencia porque “se puso de moda” atacarnos.

Hoy el guardapolvo pareciera ser lo que nos estigmatiza. Son esos tiempos a donde necesitamos recuperar el orgullo por el guardapolvo, aquel símbolo que desde el retorno a la democracia nos permitió ejercer nuestros derechos. Tiempos en que se impone estar juntos en esta lucha por recuperar la dignidad de nuestra trabajo. Quisiera que mis alumnos del profesorado nunca sientan temor por llevarlo: el guardapolvo es nuestra bandera.

Gracias Mex Urtizberea por regalarnos hace tantos años estas maravillosas palabras:

NO SE LE PEGA A UN MAESTRO

Lo sabe un chico de cuatro años, de salita celeste, que ni siquiera sabe hablar correctamente.

Lo sabe un chico de seis años, que ni siquiera sabe escribir.

Lo sabe un chico de doce años, que desconoce todas las materias que le deparará el secundario.

Lo sabe un adolescente de diecisiete años, aunque sea la edad de las confusiones, la edad en la que nada se sabe con certeza.

Lo saben sus padres.

Lo saben sus abuelos.

Lo sabe el tutor o encargado.

Lo saben los que no tienen estudios completos.

Lo sabe el repetidor.

Lo sabe el de mala conducta.

Lo sabe el que falta siempre.

Lo sabe el rateado.

Lo sabe el bochado.

Lo sabe hasta un analfabeto.

No se le pega a un maestro.

No se le puede pegar a un maestro.

A los maestros no se les pega.

Lo sabe un chico de cuatro años, de seis, de doce, de diecisiete, lo saben los repetidores, los de mala conducta, los analfabetos, los bochados, sus padres, sus abuelos, cualquiera lo sabe, pero no lo saben algunos gobernadores.

Son unos burros.

No saben lo más primario.

Lo que saben es matar a un maestro.

Lo que saben es tirarles granadas de gas lacrimógeno.

Lo que saben es golpearlos con un palo.

Lo que saben es dispararles balas de goma.

A los maestros.

A maestros.

Lo que no saben es que se puede discutir con un maestro.

Lo que no saben es que se puede estar en desacuerdo con lo que el maestro dice o hace.

Lo que no saben es que un maestro puede tener razón o no tenerla.

Pero no se le puede pegar a un maestro.

No se le pega a un maestro.

A los maestros no se les pega.

Y no lo saben porque son unos burros.

Y si no lo saben que lo aprendan.

Y si les cuesta aprenderlo que lo aprendan igual.

Y si no lo quieren aprender por las buenas, que lo aprendan por las malas.

Que se vuelvan a sus casas y escriban mil veces en sus cuadernos lo que todo el mundo sabe menos ellos, que lo repitan como loros hasta que se les grabe, se les fije en la cabeza, lo reciten de memoria y no se lo olviden por el resto de su vida; ellos y los que los sucedan, ellos y los demás gobernadores, los de ahora, los del año próximo y los sucesores de los sucesores, que aprendan lo que saben los chicos de cuatro años, de seis, de doce, los adolescentes de diecisiete, los rateados, los bochados, los analfabetos, los repetidores, los padres, los abuelos, los tutores o encargados, con o sin estudios completos:

Que no se le pega a un maestro.

No se le puede pegar a un maestro.

No debo pegarle a un maestro.

A los maestros no se les pega.

Sepan, conozcan, interpreten, subrayen, comprendan, resalten, razonen, interioricen, incorporen, adquieran, retengan este concepto, aunque les cueste porque siempre están distraídos, presten atención y métanselo en la cabeza: los maestros son sagrados.

Mex Urtizberea, 2007

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6 comentarios

  1. Tus alumnos del profesorado tienen un ejemplo en vos a seguir, y estoy muy seguro que ellos serán multiplicadores de verdades, de sueños posibles y de futuros mejores para todos nosotros. 🙂

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  2. Yo no usé el guardapolvo de maestro.Si de alumno, siempre de la escuela pública.Pero use el guardapolvo de la práctica clínica como psicóloga en los hospitales y sentí una transformación de mi identidad.Creo que mi natural disposición a “servir” a los niños padecientes,amén de varios otros factores, lo construí con el guardapolvo blanco.Y hoy me sorprende ver a los médicos no usarlo…Lo construyen de otro modo.No suelo aferrarme a lo que fué, si a los valores que se representan .La lectura de tu texto colaboró para recuperar esas vivencias,gracias.

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  3. Muchas gracias por tus palabras Débora.
    Hace varios años, cuando iba hacia mis Prácticas, un hombre intentó asaltarme, y al decirle que era docente, me saludó y siguió de largo. Nunca voy a olvidarlo. Por eso entiendo perfectamente cuando mencionás que nuestro guardapolvo es un escudo.
    Es un escudo que refleja lo que tiene el otro. Es un escudo que además, irradia cariño, pureza, nobleza, saberes, bondad y fraternidad entre otras cosas.
    Obviamente hay muchas más cosas que agregar.
    Ser docente de vocación y profesión.
    Agradezco tus palabras.
    Muchas gracias.

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