El eterno retorno de las modas pedagógicas

Cuando comencé a estudiar mi carrera docente, hace casi 30 años, empecé a conocer enfoques y teorías pedagógicas que me ayudarían a comprender y analizar la práctica así como a construir mi propio marco de fundamentación de lo que haría en el aula. En todos estos años, he visto pasar e instalarse una enorme variedad de “modas pedagógicas” del mismo modo en que veo pasar “los colores de la temporada” que cada tanto regresan. A esta altura me siento como en una especie de calesita en donde veo pasar las mismas cosas: las generaciones más jóvenes de docentes toman como novedad y se entusiasman con aquello que a veces ya he visto fracasar. Eso sí: de cambios profundos nada…

Es claro que toda teoría, enfoque ó perspectiva toma como base uno/a anterior, pero en general no suele explicitarse y en educación todo aparece sumergido bajo un manto de “novedad” que en realidad no es tal. Esa supuesta originalidad hace que lo que se presenta cobre el aspecto de “innovación” y por lo tanto se impregne con mucha más fuerza en el discurso docente.

Me gustaría hacer un pequeño repaso para entender por qué algunas cosas que hoy son una especie de “espejitos de colores” que deslumbran en educación, tienen su raíz en otras teorías y enfoques anteriores, muchos de los cuales han sido refutados por los propios especialistas del campo. Comencemos a girar la calesita y revisemos algunos de los ejemplos actuales.

De la “Biología y la Neurofisiología” a las Neurociencias: en los años ´80 tuve como materias de mi formación docente y de la Licenciatura en Ciencias de la Educación materias que explicaban el funcionamiento del cerebro y su relación con el aprendizaje. De allí la transpolación casi mecánica como marco interpretativo de los fenómenos educativos y el nacimiento de las fuertes críticas a los enfoques biologicistas por su fuerte impronta determinista que conllevaba la anulación de la lectura de todas las variables de contexto y la reducción de los procesos de aprendizaje y enseñanza a interpretaciones lineales y mecanicistas. Tal es así que luego de un gran movimiento avalado por los profesionales de la educación, estas materias desaparecieron de los planes de estudio de la formación docente y de la Licenciatura en Ciencias de la Educación.

Hoy sin embargo, las neurociencias aparecen como el gran aporte a la educación: ¿ahora sí se las mira desde una perspectiva que supera el aislamiento de las variables sociales, económicas, culturales, etc.? ¿no se crean recomendaciones y consejos para docentes que se aplican en todo tiempo y espacio como si los cerebros pudieran modelarse más allá del entorno?

De las teorías conductistas y del procesamiento de la información a las llamadas “teorías cognitivas” y el conectivismo: éste es uno de los campos a donde encuentro más confusión. Observo cómo proliferan diversos discursos aparentamente muy actuales, sobre todo aquellos ligados con la relación entre enseñanza, aprendizaje y tecnología, en donde se postulan principios neoconductistas en nombre de una supuesta “modernidad”. El mero hecho de usar una computadora en la enseñanza no nos aleja del conductismo, por el contrario: puede acercarnos mucho más a él. El uso de programas y aplicaciones que supuestamente “favorecen” el aprendizaje por su mera utilización, interpretándose supuestas conexiones entre conceptos derivadas de la sola interacción de un sujeto con un dispositivo, nos retrotrae a los principios más claros de la “inteligencia artificial”. Sin embargo, aparecen “recargados” y mostrados como novedosos.

El conectivismo se presenta como LA teoría que explica el aprendizaje desde su relación con la tecnología. Algunos osados establecen una continuidad entre ella y el constructivismo que francamente no logro entender. Más allá de que algunos de sus postulados son interesantes para comprender algunos fenómenos actuales inherentes a la relación entre educación y TIC, las interpretaciones y por sobre todo la transpolación que se hace de esta teoría a las prácticas pedagógicas resulta al menos objeto de profunda reflexión.

Lo mismo sucede con varias de las llamadas “teorías cognitivas”, que cuentan con numerosas acepciones que a veces más que aclarar confunden. Desde el libro original de José Ignacio Pozo (1989) ha corrido mucha agua bajo el puente y bajo esta denominación podemos encontrar tanta variedad que conviene más que nunca volver a las fuentes para “aclarar para que no oscurezca”. Cuando hablamos de teorías cognitivas pensando sólo en aquello que explica lo que pasa dentro de la mente también como en las anteriores más allá de lo que alude al contexto particular de cada estudiante, al menos deberíamos cuidar de no crear más estereotipos que los que ya tenemos en el campo pedagógico.

De la teoría de la desescolarización de Iván Illich al homeschooling y el unschooling: cuando el genial anarquista Iván Illich (1973) plantea su teoría en la maravillosa obra “La sociedad desescolarizada” recibe de allí en adelante un aluvión de fuertes críticas por cuestionar el sistema educativo, muchas de las cuales también contemplan los teóricos de las teorías reproductivistas de la educación. Hoy parece que pensar la desescolarización es un fenómeno de la actualidad, que solo unos pocos pueden pensar en ello, cuando en realidad hace como 50 años que comenzó postulando esta perspectiva.

Hasta acá solo algunos ejemplos, seguramente los lectores encontrarán varios más para aportar.

Sé que muchos cuestionarán estas relaciones o puentes que hago entre enfoques, pero a quienes lo hagan les pediría que vuelvan a las fuentes, que recorran los principales autores  y exponentes de las “viejas” teorías y los cotejen en una especie de juego de semejanzas y diferencias con las nuevas.

No quiero decir con esto que no haya nada para recuperar, por el contrario: hay teóricos muy valiosos cuyos aportes fueron desechados y luego se resignifican desde una perspectiva aún más interesante. Pero sí cuestiono la “venta de modas” en educación, la idea de que lo que se presenta es “lo último” en el campo cuando en realidad no hace más que remozar viejas ideas y añadirles algún retoque que a veces hasta resulta solamente de carácter “cosmético” sobre la teoría ó enfoque original. En este sentido, me parece interesante también revisar por qué fueron desestimadas, cuestionadas ó refutadas y poder entender que si hoy se presentan bajo una nueva forma pero que en el fondo alude a un mismo contenido, es necesario al menos poner “luces de alerta” y no consumir de manera acrítica todo lo que viene disfrazado de innovación.

Los docentes somos altamente permeables a estas modas: siempre buscamos encontrar nuevas respuestas, estrategias, ideas, etc. y en el afán de hacerlo muchas veces “compramos” discursos sin analizarlos a fondo. Me parece que sobre este punto es donde deberíamos pararnos: como dice el refrán, no permitir “que nos vendan gato por liebre”…

 

 

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3 comentarios

  1. La suscripción ciega e incondicional a las teorías pedagógicas (alguna más que otras, claro) me da un poco vergüenza ajena. Es como delegar las funciones mentales en lo que ya pensó otro en otro tiempo y lugar. No va…
    “El pibe de Piaget no existe” me decía con razón un Asesor Pedagógico cada vez que el día a día en las aulas “quemaba” otro libro de pedagogía. La práctica docente es artesanal. Nos podemos llenar de “escuelas” y “recetas” a modo de preparación, pero lo que hacemos lo hacemos bien sólo cuando estamos atentos a nuestro contexto, más allá de las teorías adheridas. Como buen plato casero, la magia sucede cuando, oportunamente, utilizamos los “ingredientes” que verdaderamente hacen falta y teniendo bien en claro qué es lo que es posible aplicar.

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  2. Hola Ricardo,
    En realidad en lo personal no es que desdeñe el aporte de las teorías: si bien los docentes tenemos una práctica cotidiana que resolver, podemos abordarla desde diferentes lugares según desde dónde la fundamentemos. Y creo que también falta mucho de esto: de fundamentación y reflexión acerca de lo que hacemos. El tema es cuando saltamos de falta de sustento a la adscripción ciega, me parece que este es el punto sobre el que deberíamos trabajar.
    Estás planteando algo muy cierto también: muchas teorías o enfoques clásicos ya no explican nuestra realidad. De allí que me sorprende que se presenten algunos con disfraz de “nuevos” que no son otra cosa que casi lo mismo que los que lo precedieron.
    Creo muy importante leer todas las nuevas teorías y enfoques, pero con un ojo crítico, no descartarlas de plano.
    Un punto muy importante es que los autores no suelen escribir pensando en los docentes y sus prácticas sino pensando en sus pares académicos y cómo los van a juzgar dentro de la “comunidad”. Y esto genera cierto rechazo comprensible por parte de nuestros colegas a leer.
    Finalmente, hace muchos años Marta Marucco y el grupo SIMA hablaban del lugar que “los especialistas” le asignan a los docentes como meros ejecutores de lo que los primeros piensan y llamaban a reposicionarnos como productores de teoría. Lo veo aún como un desafío pendiente que tenemos que transitar.
    Gracias por ampliar el panorama!
    Un abrazo,
    Débora

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  3. Acuerdo totalmente. Es necesario el conocimiento de las teorías. Para nutrirse, para oponerse, para pensar de otras maneras que, encerrados en nuestra realidad, jamás hubiésemos sido capaces de pensar. Sólo critico cuando ese conocimiento se transforma en la adhesión dogmática hacia alguna y se implementa su aplicación transplantada como una receta sin las críticas ni revisiones necesarias a cada contexto.
    Muchas gracias

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