Nuevas pedagogías que no son tan nuevas

Imagen: "La tierra los ayuda a pensar y a ser reflexivos". Olga Cossettini. Fuente: www.irice-conicet.gov.ar 

Llevamos tanto tiempo hablando del cambio en la educación, que creo que ya no olvidamos de que muchas de pedagogías y perspectivas de la enseñanza que aparecen como “innovadoras” tienen su raíz en ideas que llevan mucho tiempo rondando.

Siempre me llamó la atención por ejemplo que en Estados Unidos las “escuelas Montessori” se mostraran al día de hoy las más “progresistas”, siendo que las ideas montessorianas impregnaron fuertemente el nivel inicial en nuestro país hace más de 50 años. ¿Acaso no ha pasado nada en este tiempo que amerite ser considerado innovador? ¿O es que los sistemas educativos son tan resistentes a los cambios que no logramos verlos plasmados ni en un siglo?

Hace pocos días reparé en que hacía 30 años que me había recibido de maestra. Me resultó casi inevitable pensar hacia atrás y revisar todas aquellas cosas que me proponía con fervor en mis inicios de la carrera y encontrarme con que, tanto tiempo después, no he cambiado mucho mis anhelos porque todavía no he logrado ver plasmadas varias de las ideas que en mis primeros años de docente me parecieron revolucionarias. Hace más de 10 años me entusiasmé al creer que la irrupción de las tecnologías traccionaría de algún modo la innovación, pero hoy reconozco que eso quedó solo en una ilusión. Lo que sí he logrado ver es el paso de las modas: el cambio de las denominaciones intentando llamar a lo mismo de otra manera; la permanente alusión a que todo es novedad a pesar de estar hablando de lo mismo pero con un poco de “maquillaje”.

Resulta verdaderamente preocupante que hoy estemos volviendo a señalar la necesidad de trabajar con proyectos en las escuelas, cuando William H. Kilpatrick lo planteara en 1918 como un método y Celestine Freinet ya hablara por 1920 de la relevancia de los planes de trabajo, la globalización, los proyectos y la cooperación en la enseñanza. El inicio de los postulados del movimiento de la renovación pedagógica de la Escuela Nueva lleva casi 100 años en escena. ¿Cómo es posible que en ese tiempo la escuela no se haya convencido de probar sus ventajas y nunca haya salido del ámbito de lo “experimental” o de acciones aisladas y, lo que es aún más extraño, que haya quien hable de estas cuestiones como de algo “moderno”?

La escuela es la maquinaria más perfecta de resistencia al cambio. El sistema educativo, a pesar de detentar por momentos algunos discursos innovadores, no quiere moverse de su estructura verticalista y su matriz autoritaria que le ha conferido identidad y lo ha configurado con un estilo que siempre se quiere sostener. Sólo entra en conflicto cuando no llega a cubrir las expectativas sociales como hoy, pero no tanto como para hacer grandes movidas.

Claro que es necesario pensar que el sistema educativo se perfila por las acciones de las personas que trabajan en él y lo sostienen, dentro de los cuales ocupa un papel central sin dudas el docente. “El sistema” somos aquellos que operamos dentro de él, con mayores o menores grados de decisión de acuerdo a nuestro lugar, pero todas con un rol decisivo en la posibilidad de perpetuarlo o modificarlo. ¿Hasta cuándo seguiremos esperando que los cambios “vengan de arriba”? ¿Acaso podría interesarle a esta tremenda maquinaria de control promover la acción autónoma, libre y creativa de sus actores principales? Parece bastante difícil. Entonces: ¿por qué nos llenamos de excusas? ¿qué “mesías” esperamos?

Cada vez que en reuniones de trabajo docente se propone hacer algo diferente, automáticamente saltan a morder la yugular de quienes proclaman el cambio un significativo grupo de “colegas del no”: no se puede; no hay que hacerlo; para qué; así no se hace; que lo hagan otros; nada sirve; etc. Esgrimiendo todo tipo de causas y razones buscan desesperanzar a todo aquel que quiera hacer algo diferente y, si es joven, explican su comportamiento atribuyéndolo a la corta trayectoria en el sistema y rematan con la frase “- En unos años se te va a pasar”, cual si quien trajera las nuevas ideas portara una enfermedad transitoria que se irá diluyendo con el pasar del tiempo. Recuerdo las veces que me sucedió esto en mis inicios como maestra, pero claro… el problema fue que me fui poniendo grande pero no “se me pasó”.

Y ahora escucho y leo hordas de melancólicos padres y docentes hablando de que “todo tiempo pasado fue mejor” y echando las culpas de todos los males de la educación a supuestos “nuevos métodos”, que nunca se llegaron a implementar. Paradójicamente aparece una nostalgia sobre lo que siempre estuvo, sobre aquello que nunca cambió. En Argentina al menos, hemos asistido a modas pedagógicas que han representado cambios en la orientación del discurso pero no modificación de las prácticas concretas de enseñanza.

Trabajo en una jurisdicción a donde por ejemplo el diseño curricular de nivel inicial no se ha cambiado en 15 años y el de nivel primario en 11 años. ¿Acaso el mundo y el conocimiento no han sufrido modificaciones en esos períodos? Y lo realmente desconcertante es encontrar docentes que defienden con unas y dientes su continuidad y no su revisión o actualización.

Observo por ejemplo el reclamo permanente por la vuelta a los dictados diarios; el pedido de retorno de “la mano dura” con la disciplina; el deseo de “dejar de perder el tiempo usando las computadoras porque distraen”; la crítica a las “nuevas” formas de aprender las operaciones matemáticas añorando la memorización de mecanismos y la mera repetición y control de resultados; la responsabilización de todos los males ortográficos atribuidos a la escritura en dispositivos tecnológicos; etc.; etc.; etc.

Es decir que se sigue enseñando de las formas más conservadoras que se puedan describir pero, sin embargo, se atribuye el fracaso de la educación y de los “resultados de aprendizaje” a los nuevos métodos que nadie implementa pero sí todos critican. Señoras y señores: ¡seamos claros! El fracaso de la educación está en la resistencia a cambiar la enseñanza. ¿Y de quiénes proviene esa resistencia? De los docentes y de los padres. Pero diferenciemos algo: los padres pueden defender su educación tradicional porque no tienen obligación de conocer los cambios pedagógicos, ¿pero los maestros y profesores qué excusa tienen?

Escucho mucho sobre “tomemos lo mejor de lo tradicional y de lo nuevo”, pero quiero decir que no lo creo factible: lo conservador se opone conceptual y prácticamente a lo innovador y no pueden convivir. Si de verdad queremos mejorar, es necesario probar cosas diferentes, experimentar, transitar otras alternativas a las ya conocidas y dejar de reproducir prácticas anacrónicas. Y con esto no estoy diciendo que todo lo que se ha hecho fue malo, pero sí que la añoranza no conduce a nada mientras que la innovación puede traernos sorpresas. ¿Estamos dispuestos a transitar la incertidumbre?

Y cuando me refiero a lo innovador no necesariamente hablo de algo totalmente novedoso y desconocido sino de aquello diferente que el sistema educativo siempre se resistió a implementar masivamente, como por ejemplo el Aprendizaje Basado en Proyectos (AbP). Habiendo sido ya probadas y experimentadas sus ventajas en algunos contextos, no se comprende la insistencia por sostener las viejas fórmulas de enseñanza, pero menos aún se entiende cuando se atribuyen a éste y otros enfoques los fracasos del sistema cuando nunca han sido realmente extendidos. Celebro observar a los colegas españoles probando y compartiendo sus experiencias dentro de este enfoque que, aunque no puedan transpolarse, resultan modelos de buenas prácticas que pueden motivar a otros a animarse al cambio.

Seguimos dando las mismas respuestas a los viejísimos problemas de la escuela. Hasta ahora no nos fue nada bien por este camino y a las pruebas me remito, incluyendo las más estandarizadas y tradicionales o “de las otras”. ¿Cuándo estaremos decididos a comenzar a transitar otros rumbos y deshacernos de los “lastres pedagógicos”?

 

 

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8 comentarios

  1. Introducir este tema me resulta oportunamente valioso,dado el frenesí de un cambio por el cambio en sí.Desde hace unos año tomé contacto con diversas aproximaciones de larga data y la coincidencia que encontré fué que compartíamos lo que para mi es la base de una crianza desde temprano Y una aproximación a los niños de modo que ellos pudieran desplegarse y construir una base de si mismos,sin desmentirse producto de una culturalización forzada.Con el costo de su dignidad y salirse de ruta de su propio ser.Lo encontré en educadores que mencionas y otros varios.Las hermanas Cossetini, Montessori, Waldorf Freinet, Xesús Jarés y Danesh en educación para la Paz Bunker Roy y en lo que se llamó Universidad para los pies descalzos.Y muchos más.Por eso agradezco tu aporte que compartiré en la red de Facebook,

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  2. Valioso y valiente resumen en una época donde la palabra “cambio” está en boca de quienes realmente no lo quieren y a la vez maquillan viejas propuestas para que parezcan nuevas. Comparto tu enfoque. Encuentro irritante escuchar a padres que hablan como expertos y a docentes resigandos (¿o simplemente cómodos en su zona de confort?) que “hacen la suya” para no exponerse. Por experiencia puedo compartir que por innovar también se sufren consecuencias e incomprensión, y reinsertarse con la cabeza cambiada es difícil, nada te parece bueno, nada te parece suficiente.

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    • ¡Gracias Hernán por compartir este comentario!
      Me parece estás trayendo un tema bien interesante: el de la comodidad algunos docentes. Parece políticamente incorrecto, pero es un factor sobre el que tenemos que trabajar. Y también el de la incomodidad del innovador que he abordado en otras entradas. Es muy cierto que en muchas ocasiones se aísla a los innovadores porque su propia presencia interpela las prácticas de los demás. Por eso es un arduo trabajo y una serie de batallas que no todos están dispuestos a pelear. Creo que la solución radica en crear espacios de intercambio entre innovadores que los aliente y sostenga aunque no sea dentro de sus propios ámbitos de trabajo. Es importante sentirse parte de algo y reconocido, sobre todo cuando se pone mucho esfuerzo en lo que uno hace, ¿no?
      Un afectuoso saludo,
      Débora

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  3. Tampoco se puede afirmar que la enseñanza basada en proyectos va a ser mejor porque tampoco ha sido implementada y evaluada, pienso que de la misma manera que hay gente que se resiste a los cambios también hay “kamikases” que les sirve cualquier cosa con tal de cambiar.
    Saludos.

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    • Estimado Enrique:
      Existen numerosas experiencias de Aprendizaje Basado en Proyectos que han sido evaluadas, incluso en la formación universitaria. En los niveles inicial, primario y medio ha hecho una muy buena compilación Fernando Trujillo Sáenz y en cuanto a las universitarias existen análisis curriculares que dan cuenta de ello.
      Me parece que no podemos confundir “innovadores” con “kamikazes” y que en todo caso cualquier proceso educativo, ya sea de innovación o tradicional, amerita ser evaluado. En este punto es claro que la enseñanza tradicional ha tenido muy malos resultados en numerosos procesos de evaluación, y sin embargo se sigue implementando.
      Gracias por su aporte.
      Saludos,
      Débora

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