El valor de los buenos modelos de enseñanza

Hace unos años nadie hubiera dudado de que se aprendía de los “buenos modelos”. Con el avance de los enfoques críticos de la Pedagogía y la Didáctica, se produjo un extraño fenómeno por el cual hablar de “modelos” se volvió prácticamente una “mala palabra”. Cualquier orientación específica, cualquier señalamiento, cualquier estructura que un enseñante brindara comenzó a ser visto como un rasgo “tecnocrático”. Bajo esta denominación se incluyeron en la misma bolsa cantidad de cuestiones que antes conformaban sin dudar el campo de la Didáctica, entre ellas por ejemplo los modelos de planificación y evaluación o incluso aquellos vinculados con métodos de enseñanza. Y así pasamos por ejemplo de enseñarles a los futuros docentes con recetas qué debían hacer, a no darles ninguna orientación específica sobre nada para que ellos decidan en cada acción. 

Fue sin duda el famoso concepto de Fenstermacher de la “buena enseñanza” quien devolvió el adjetivo de “bueno” al ruedo de la Didáctica y desterró ciertos prejuicios que permitieron volver a pensar en el valor de los modelos, aunque algunos aún renieguen de ellos y sigan viendo “tecnocracia fantasma” a donde se ponderan buenas prácticas.

Junto con esta revalorización se instala la de registrar y compartir las experiencias de aula, como correlato de esta capacidad de reconocer que algunas acciones pedagógicas merecen ser destacada sobre otras y ser difundidas o tomadas como base. Así podemos asistir al resurgimiento de los buenos modelos en la formación docente, quienes debieran estar sustentados en una clara coherencia entre el discurso y la acción pedagógica. No basta con decir cómo explicar: es necesario mostrar que es posible hacer las cosas bien. Y claramente esto no es sencillo…

Para poder lograrlo los docentes debemos vencer varios prejuicios, entre los que podemos a encontrar como algunos de los más reconocidos:

  • “Si cuento lo que hago me van a robar a las ideas”: existe una creencia generalizada de que al compartir una planificación; lo que se hace para un acto escolar; una propuesta didáctica; un material producido; etc. se corre el riesgo de que alguien se apropie de ella/él. Cabe señalar que este riesgo existe en cualquier profesión, pero en la docencia se transforma en un fuerte argumento para no compartir lo que se hace.

  • “Si comparto mis acciones me expongo a que las critiquen”: se observa la opinión de los colegas siempre como un “ataque” pero raramente como un aporte para seguir pensando y mejorando las propuestas.

  • “Si pongo en práctica lo que pienso puedo mostrar debilidad y los alumnos se van a aprovechar de la situación”: las ideas innovadoras propias del discurso pedagógico actual, en la práctica se ven como amenazantes para el sostenimiento de la autoridad del saber y por lo tanto del manejo de las relaciones de poder.

La posibilidad de revisar estos prejuicios puede permitirnos centrar la mirada en los buenos modelos. Hoy contamos con el enorme aporte de las redes que permiten conformar las denominadas “comunidades de práctica” (Wenger, 2001), esos grupos que se reúnen por intereses comunes y comparte conocimiento y experiencias a través de la red contribuyendo así a la construcción de innovaciones. En estos espacios es donde se ponen de manifiesto muchas veces las buenas prácticas pedagógicas, que se instituyen en el pilar sobre el que se van desarrollando nuevas experiencias de enseñanza. Se constituyen al mismo tiempo en una fuente de inspiración y como modelo de acción de los colegas, pero por sobre todo operan estimulando el cambio y animando a otros a probar y conocer.

En mis años de trabajo junto a profesionales de otros campos y disciplinas alejados de la Pedagogía y la Didáctica, aprendí a comprender cuán prejuicios e intrincados solemos ser los enseñantes. Pero también muchas veces caemos en una suerte de “soberbia” de creer que nuestros marcos de referencia son más válidos que los de quienes intentan enseñar de un modo más “intuitivo” y basados en las cosas buenas y malas que vieron hacer a otros docentes. Y sin embargo el valor de los buenos modelos sigue teniendo un peso decisivo para definir las formas de enseñar. Tal es así que por ejemplo cuando los estudiantes de profesorado se forman para ejercer su futura profesión suele tener más valor este aspecto que gran parte de los conceptos y enfoques que aprenden, y así como su acción docente se define más por lo que vieron hacer a otros que por aquello que les fue enseñado como parte de su formación (aparece así la idea de la formación docente como “empresa de bajo impacto” que desarrolla Terhart  en donde la formación inicial se desvaloriza frente a las primeras prácticas en escuelas).

¿Por qué quedarnos entonces en análisis que nos coartan la posibilidad de intercambio y revalorización de las buenas prácticas de enseñanza, solo por el temor de ser “tildados” como tecnócratas por intentar modelizar acciones valiosas?

Los buenos modelos marcaron mis formas de enseñar. Quienes somos docentes tenemos la fuerte impronta de querer constituirnos en un buen modelo para otros a quienes enseñamos. Negar este hecho es a mi entender prácticamente combatir el sentido mismo de la enseñanza. Así que ya es hora de dejar de fantasmas a donde no los hay… enseñar es indudablemente querer influir positivamente sobre la vida de quien aprende. Compartamos nuestras experiencias que dan cuenta de ello.

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