“¡Si la escuela fuera interesante como Internet yo sería un traga!”

Esa fue la frase de mi hijo de 13 años que me disparó esta vez a pensar la escuela, gracias a la idea del colega @pdnapo en Twitter que me sugirió que era un lindo tema para el blog.

La verdad que me cuesta empezar: como siempre tengo más preguntas que respuestas.

  • ¿Por qué y cómo la escuela debería parecerse a Internet?
  • ¿Por qué mi hijo, a pesar de ir a una de las que considero las mejores escuelas, tiene ese sentimiento de que resulta poco interesante a pesar de que destaca muchas cosas que lo convocan?
  • ¿Qué tendríamos que hacer para que enseñar no sea una “batalla perdida” frente al mundo de la información y el conocimiento que hoy atrae sin parar a chicos y jóvenes?

No podía dejar de pensar de que mientras mi hijo expresaba esta frase, un “científico” me había interpelado agresivamente hace poco en Twitter porque yo insistía en que la escuela debía ser interesante para los chicos mientras que él sostenía que si nosotros aprendimos con aburrimiento y sufrimiento eso era lo que las nuevas generaciones debían hacer para garantizar la calidad de la educación. Parecían mundos paralelos…

Es innegable que el aprendizaje requiere esfuerzo personal: ¿pero por qué asociar esfuerzo a malas experiencias en vez de unirlo a la idea de la motivación que genera interés por esforzarse? Esa idea de “inmolarse” por el estudio, que se perpetúa y prevalece socialmente y de la que muchos docentes se hacen eco, claramente no será el camino por el cual solucionemos los problemas de calidad en la educación.

A los pocos días de escuchar la frase que encabeza este post recibí una maravillosa entrevista al genial Francesco Tonucci, en donde sentí que decía la mayor parte de lo que pensaba y sentía. Les recomiendo leerla completa, pero este párrafo me movió mucho más que otros:

¿Qué cambiaría usted de la escuela?
Todo. La escuela es una estructura absolutamente ajena a la vida social. Dentro de la escuela tenemos el aula, un espacio abstracto que se repite exactamente con la misma forma más de 20 veces.” 

Suelo decir a mis estudiantes de Profesorado que si la escuela no logra resolver todo lo que debe saberse en jornadas que tienen un promedio de no menos de 6 hs diarias para los chicos, evidentemente estamos haciendo las cosas muy mal. Si el tiempo escolar no “alcanza para dar los contenidos”, es claro que algo está mal diseñado. Hay que barajar y dar de nuevo, hay que repensar de cero la escuela… ¿por dónde empezar?.

Ya no estamos en posición de decir que con cambiar los contenidos y los métodos será suficiente para mejorar: estamos atravesando una etapa en donde hay que repensar la totalidad de la escuela como organización. Hoy resulta una estructura en donde los criterios de organización que la constituyen atentan contra la posibilidad de innovar y mejorar: los tiempos, los espacios, las configuraciones de los grupos por edades, los mandatos sociales anacrónicos… ¿Por qué seguir con la burocracia que achata y empasta la posibilidad de cambiar? ¿Por qué ampararnos siempre en “la normativa lo dice” en vez de pensar en los alumnos?

Es imposible avanzar si no interpelamos la estructura de la escuela como tal: estamos estancados en un modelo de organización que se da de patadas con la “sociedad red” (Van Dijk, 1991; Castells, 2001) y las características del contexto actual. Las formas de aprendizaje han cambiado radicalmente pero la escuela se niega a reconocerlo. En la era del aprendizaje ubicuo (Burbules, 2009) las instituciones educativas se empecinan en continuar enseñando de la forma transmisiva tradicional, en donde volcar información parece la única tarea relevante que compete a estas organizaciones. Es probable que se crea que si la escuela deja de transmitir perdería la identidad que la caracteriza, pero nada más lejos de la realidad!

¿Qué pasaría si dejáramos de tener grupos divididos por edad, tiempos estáticos y fragmentados y desfile de docentes que pasan todos los días repitiendo contenidos curriculares? Tonucci decía en la entrevista que soñaba una escuela llena de lugares para hacer, en donde fueran los alumnos y nos sus maestros quienes se trasladaran de espacio en espacio. Yo agregaría que lo hicieran para persiguiendo aquellos proyectos que les gustan y que les atraen. Me consta que es absolutamente factible enseñar contenidos curriculares viabilizados a través de los intereses y necesidades de los chicos a los que dimos en llamar “emergentes” con Marina Kriscautzky (1990, 1994) en nuestros libros. Claro, siempre aparece el cuestionamiento de que no todos los contenidos se podrían trabajar así, pero la pregunta es… ¿por qué dar TODO? ¿Por qué no seleccionar y profundizar al mismo tiempo que darles a los chicos las herramientas para seguir aprendiendo de manera autónoma y con motivación?

Por supuesto no se trata solo de esto: cambiar la escuela es terminar con esa idea de que debe funcionar “off line” y fuera del mundo real. Podemos cambiarla en el interior, pero a no perder de vista que hoy no se concibe la vida cotidiana sin Internet.

Entonces, ¿perderemos el miedo a cambiar la escuela o seguiremos muchos años más aplicando la misma fórmula? El cambio está en nosotros: si nos sentamos a esperar que venga otro a hacerlo, seguramente nunca llegue.

 

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