¿Por qué cuesta tanto el cambio en educación?

Créditos imagen: Special Collections Toronto Public Librar Park Public School, Shuter St. north side, between Sackville Green & Blevins Place; INTERIOR, grade 1 class. Fuente: Flickr.

Pasan los años, pero seguimos asistiendo a las mismas preguntas. Con más o menos calidad según el momento, pero se enseña de la misma manera. ¿Pareciera que en educación cambiar es prácticamente imposible?

Uno de los grandes problemas que abordamos en la formación inicial de los futuros docentes es cómo mejorar la enseñanza, renovando estrategias y repensando la acción pedagógica para que se pueda dar un cambio. Cuando tocamos estos puntos con los futuros maestros y profesores siempre cuesta comprender por qué si en la formación inicial se hace tanto énfasis sobre el cambio, al llegar luego al ejercicio profesional las prácticas de enseñanza se siguen repitiendo sin modificación alguna a lo largo de los años. Siempre hablamos de la complejidad de los fenómenos educativos, pero eso no significa que el cambio sea imposible.

A continuación voy a tratar de sistematizar los argumentos más frecuentes que se esgrimen como obstáculos para el cambio y los invito a repensarlos:

Los docentes no tienen la preparación adecuada: en este punto siempre caemos en echarle la culpa a la formación docente, inicial o continua, pero pareciera que siempre es el problema. Primero decíamos que la carrera era corta, la alargamos cada vez más y ahora que dura lo mismo que otras carreras de nivel superior vemos que no se trata sólo de cuántos años de formación inicial.

Otro argumento tiene que ver con la “falta de formación continua” o capacitación de calidad, pero por lo menos en Argentina se aprobó incluso un Plan Nacional de Formación Permanente, que garantiza presupuesto propio incluso para estas acciones. Pero en algún punto, los docentes siguen más preocupados en hacer cursos que les permitan obtener el puntaje de ascenso en su carrera que en valorar su potencial formador, por lo tanto el eje no está puesto donde se creía.

Así se genera una especie de “mercado de capacitación”, que consiste en ver cómo obtengo el mayor puntaje con el menor esfuerzo posible, aunque los cursos que haga no tengan absolutamente nada que ver con la mejora profesional.

El sistema no lo permite: argumento más que conocido entre los docentes! Existe una suerte de “fantasía de persecución” que en la mayor parte de los casos está bien alejada de la realidad de las escuelas. Si bien en las privadas se ejerce sí una fuerte presión para sostener la continuidad laboral, tan cierto como esto es que no tenemos tanta cantidad de acciones de intromisión de directivos en las aulas ni menos aún de intervención con sanciones por querer cambiar nuestra forma de enseñar. Los casos son aislados, en general conocidos, y basados en principios burocráticos. El gran error suele estar en que los propios docentes no conocemos a fondo la normativa que enmarca nuestra tarea y menos aún cómo funciona burocráticamente el sistema, y este desconocimiento es lo que nos coloca en situación de vulnerabilidad.

Los padres reclaman seguir como siempre: otra gran excusa es la presión de los padres. Por supuesto que la voz de la comunidad es relevante, pero claramente no es lo que define nuestra acción pedagógica. ¿Pueden los padres decir a los docentes cómo enseñar? Claramente no: sus voces tienen otro valor y la escucha es necesaria, pero no en términos de cómo enseñar mejor que es la actividad propia de la expertiz de maestros y profesores.

El curriculum es muy largo y no se puede dar todo: a veces me pregunto para qué estudiamos tanto en didáctica cómo hacer procesos de selección, recortes de contenidos, etc. si al final vamos a terminar escuchando este argumento de que “al curriculum hay que darlo todo” tal cual viene. El diseño curricular es una guía para el trabajo docente, que implica la toma de decisiones en función de los tiempos reales y las condiciones del grupo con el que estamos trabajando. La administración de los tiempos, en función de lo que hay que enseñar, queda en manos de los docentes a través de una herramienta insustituible que es la planificación didáctica, uno de cuyos pilares es la organización de los tiempos.

Las escuelas atienden otras problemáticas que no son las pedagógicas: es una realidad ineludible que la escuela hoy sufre la sobrecarga de demandas sociales de todo tipo. Esta situación suele alterar las prioridades y producir confusiones entre lo urgente y lo importante, por lo que de verdad puede ser un factor que ralentiza el cambio. Sin embargo, es necesario ponernos a pensar que quienes más necesitan una educación mejor que provenga de esa mejora son quienes vive en situación más crítica. Los grupos más vulnerables son a quienes hay que apuntar primero el cambio y la mejora de la enseñanza.

Las familias no se ocupan: en lo personal creo que esta es una de las excusas más cuestionables. He tratado bastante este punto cuando hablé sobre la visión “clasista” de los docentes, pero en este caso quiero destacar nuevamente que la responsabilidad de la enseñanza escolar no compete a las familias sino a las instituciones educativas. Por supuesto no vamos a desconocer que un niño o joven que sufre la desatención o el abandono afectivo de su entorno tiene mucho en contra para aprender, pero eso no nos exime de hacer los mejores intentos de enseñanza para ponerlo en mejor situación respecto de sus aprendizajes. Volvemos a situar así el rol de enseñanza de la escuela, que a veces aparece tan desdibujado.

Los chicos llegan sin saber nada de antes: este argumento no deja de sorprenderme. Parece que los docentes nos “tiráramos tierra” entre nosotros. ¿Siempre es culpa de el/los anteriores? Y a esto le sumamos “la culpa” de los chicos y las familias, por lo tanto pareciera que si no se reciben los niños y jóvenes que tenemos en mente como chicos ideales para enseñarles, es imposible que aprendan algo. Los alumnos no son los que elegimos, son los que nos tocan. Y nuestro trabajo consiste en buscar las mejores formas de enseñarles para que puedan aprender.

Las condiciones de trabajo de los docentes obligan a trabajar siempre igual: sobre este punto diría que están los mayores condicionamientos para el cambio, por lo menos en el contexto argentino. Cuando observo las diferencias respecto a otros países como los europeos en cuanto a la cantidad de horas de trabajo de los docentes; los recursos con los que cuentan; las condiciones de infraestructura; etc. veo bien difícil emprender una mejora sin modificar las condiciones más esenciales de trabajo. Ningún docente que trabaja en varias instituciones por día y a un promedio de 10-12 hs diarias puede tener espacios para planificar y repensar su práctica sin tiempos e instancias previstas dentro del horario laboral para hacerlo. Menos aún bajo las condiciones salariales que tenemos en nuestro país, que implican una situación familiar compleja y la necesidad de hacer malabarismos para administrar los ingresos.

Si bien esta es una aproximación a los argumentos más frecuentes, es posible ver cómo cada uno de ellos tienen solución. Algunas radican en las decisiones que puedan tomar las escuelas y los propios docentes; otras claramente dependen de decisiones políticas de las gestiones educativas de turno.

Por eso cuando se habla de “lo mal que está la educación” y se intenta buscar responsables, no alcanza con mirar en un solo lugar. Es necesario pensar integralmente la convergencia de estos factores y comenzar a transitar un camino de cambios articulados, porque con tocar una sola de las aristas lo que es seguro es que nunca podremos lograr lo que buscamos. El cambio comienza seguro cuando dejemos de tirar para afuera la responsabilidad y cuando los que toman las decisiones políticas estén a la altura de las circunstancias.

 

 

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