La escuela confunde aburrimiento con aprendizaje

Fuente imagen: Flickr.com

Nadie debería tener duda alguna acerca de que el aprendizaje requiere esfuerzo y dedicación. Lo que no logro entender es por qué se asocia aprender con horas de tedio y aburrimiento. Y esto no lo piensan sólo algunos docentes sino también muchos padres. ¿Es posible encontrar mejor motor para el aprendizaje que la pasión? ¿Podemos concebirlo entonces asociado al aburrimiento?

Uno de los grandes problemas que enfrenta la escuela es la obsesión por la homogeneidad. Bajo discursos inclusivos y supuestamente respetuosos de las diferencias, se amparan prácticas de enseñanza iguales para todos y una búsqueda de resultados predeterminados. Sabemos que muy pocos docentes son capaces de bancarse y sostener las diferencias en el aula y que resulta mucho más cómodo dar a todos lo mismo, esperando de ellos sólo una respuesta posible que se vuelva “fácil de evaluar”.

De allí esta enorme confusión: cuando todos hacen lo mismo y de idéntica forma, es prácticamente imposible eludir el aburrimiento. Las pasiones personales por el conocimiento quedan fuera; las posibilidades de poner en juego las propias estrategias de aprendizaje y el deseo por avanzar en el conocimiento se ve “aplastado” por la imposición de uniformidad.

Los eternos nostálgicos de la educación tradicional claman por el regreso del aburrimiento profundo, identificándolo prácticamente con “garantía de calidad”. Usan como supuesta “prueba irrefutable” a ellos mismos y su pasado educativo (la frase de cabecera es “- A nosotros tan mal no nos fue”, e intentan de ese modo relativizar sus propios padecimientos escolares mostrándolos como grandes trofeos de sus logros educativos.

Hay que decir las cosas como son: el supuesto “triunfo” de nuestra educación se relacionaba con la inserción en un mundo en el cual lo que habíamos aprendido nos servía para movernos dentro de él. Sin embargo, el desfasaje actual de la escuela respecto de lo que el mundo le reclama en términos de las capacidades requeridas para vivir hoy es verdaderamente enorme. Ya no se trata de adiestrar a las personas para tolerar procedimientos repetitivos (y resistir el tedio producto de ellos) o de ostentar conocimientos memorizados que sólo podrían estar dentro de sus cabezas. Hoy es necesario poder operar sobre la “infoxicación”; aprender a trabajar colaborativamente con otros; articular conocimientos de diferentes áreas; poder moverse en escenarios de incertidumbre permanente; resolver los problemas que ella presenta; etc. ¿Puede un aprendizaje aburrido y repetitivo garantizarnos el desarrollo de estas capacidades?

Este supuesto del sufrimiento asociado al aprendizaje también se enlaza con la idea de que “a más tiempo en la escuela, mejor rendimiento”, principio que se traslada a los hogares a través de suculentas tareas reiterativas, con la anuencia de muchos padres que creen realmente que el agobio escolar les va a garantizar un futuro exitoso. Otros padres alientan simplemente la sobrecarga de tareas para mantener ocupados a los chicos en los tiempos en que ellos no pueden estar presentes. Ven al juego como una pérdida de tiempo y conciben la infancia llena de actividades similares a las escolares en las horas en que están fuera de las instituciones educativas.

Las disciplinas han cambiado, los contenidos escolares deberían renovarse al punto de requerir que muchos de ellos queden fuera para dar lugar a los nuevos: no se puede seguir acumulando sencillamente porque su enseñanza se hace inviable incluso dentro de los extensos tiempos que chicos y jóvenes pasan en la escuela. Y esta carrera contra el tiempo para que “entren” todos los contenidos también produce aburrimiento, sencillamente porque los alumnos se pierden muy tempranamente al inicio del camino y nadie se preocupa por reorientarlos, así que la única alternativa que les queda es jugar el juego de “estar” aunque no puedan entender nada. La escuela se convierte entonces en un gran “como si…”.

Y luego esos alumnos cuando salen de la escuela corren desesperados tras sus pasiones: los videojuegos; las comunidades virtuales; las redes sociales; los deportes; los amigos… ¿Acaso todas estas cosas no pueden tener un lugar en la escuela? ¿Es necesario seguir transitando “mundos paralelos”? ¿No podemos tender puentes entre esos intereses de chicos y jóvenes y los contenidos escolares?

La escuela tiene pendiente el desafío de la creación de nuevos escenarios de aprendizaje. No alcanza con mover los bancos y sentarse en grupos o de llenarse de dispositivos tecnológicos, sino de pensar cómo reformulamos la enseñanza en torno a proyectos y problemas que motiven a los alumnos. Es difícil pensar que una “vuelta a lo tradicional” de las disciplinas y la transmisión lineal de contenidos nos lleve a una mejora cuando ese fue el camino que nos condujo hacia el desfasaje entre lo que las nuevas generaciones han aprendido en la escuela y lo que el mundo hoy les reclama. Con seguridad la “fórmula mágica” no va a consistir en volver al pasado sino en cambiar de cuajo las formas de enseñanza y actualizar los contenidos. Lo siento por las hordas de nostálgicos que reclaman habilitar el “túnel del tiempo” pero, sencillamente, a las pruebas me remito.

Cuando veo por ejemplo grupos de chicos de diversas edades que asisten un sábado por casi 5 horas a un club de programación para aprender a “dominar” el escribir en código, observo la pasión que le ponen a esa actividad y hasta dónde pueden llegar con sus proyectos siguiendo su propio deseo de aprender; tengo claro que la escuela hoy está bien lejos del camino que tendríamos que seguir.

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5 comentarios

  1. “La sociedad de los poetas muertos ha arruinado a toda una generación de maestros” gran frase escuchada en Los Simpson.

    Creo que históricamente se ha asociado el ámbito escolar con el aburrimiento y esta visión ha generado la búsqueda de estrategias para romper con esta imagen sumado a la imposición de contener, incluir, sostener y otras tareas que se le han asignado a la escuela.

    Pero es posible trabajar en forma simultánea con “diferentes niveles” dentro del aula respetando los tiempos de cada uno pero también exigiendo esfuerzo, dedicación y compromiso.
    Pero, la evaluación debe ser coherente con las prácticas desarrolladas dentro del aula y esto implica buscar diferentes herramientas para evaluar lo cual claramente suma otro esfuerzo para el docente y esto termina desalentado a la mayoría.

    Coincido plenamente con la visión de los diferentes modelos, la escuela de la cual egresamos cumplía con su función, formar ciudadanos, y cualquiera con la educación primaria completa podía insertarse en el mundo laboral.
    Pero en la actualidad a duras penas alcanza con lo aprendido en la escuela secundaria, la relación entre el Estado y la sociedad ha cambiado porque han cambiado las relaciones de nuestra sociedad, en la actualidad estamos permanentemente conectados (con Netbooks o sin ellas) casi la totalidad de nuestros estudiantes utiliza al menos una red social y esto lo conecta de manera particular al mundo.

    Creo que el aprendizaje colaborativo es una línea de trabajo que puede dar buenos resultados, pero esto implica que el docente se corra de su lugar central dentro del aula y claramente no todos están listos para dejar el protagonismo.
    Resulta tan grato descubrir a estudiantes que desde “su mismo nivel” y con sus propios “códigos de comunicación” comparten con sus compañeros lo aprendido por un lado porque sólo se puede enseñar lo que se ha comprendido y por otra parte porque como docentes descubrimos nuevas formas de abordar los mismos temas.

    Está claro que las tareas escolares deben hacerse en la escuela, pero es otra de las cosas que cuesta modificar es sorprendente la cantidad de padres que establecen un “nivel de calidad” educativa en función de la cantidad de tareas que dan a los estudiantes.

    En mis años de profesorado una de las dificultades que se percibían o analizaban respecto de las escuelas era la “desconexión” que tenían respecto de la sociedad. Leyendo estas reflexiones parece que no ha cambiado mucho esta situación, está claro que los cambios no son sencillos en particular los cambios de actitudes profundamente arraigadas como los contenidos escolares.
    Al día de hoy nuestros chicos de primaria siguen repitiendo hasta el cansancio es abecedario y las tablas cuando es más sencillo aprender a través de su aplicación. Pero claro, si la escuela no enseña de manera tradicional el abecedario aparenta no estar enseñando cosas importantes, al menos esta es la visión de muchos.

    A partir de un trabajo de investigación que tuve oportunidad de hacer el año anterior pude ver cómo se repite esta situación de apurar para dar todo lo propuesto por los contenidos curriculares, lo importante no era que los estudiantes aprendieran, que encontraran utilidad o aplicación a lo aprendido, lo importante era cumplir con lo estipulado y con esto volvemos a comentarios y reflexiones de publicaciones anteriores ¿cuántas veces las propuestas, estrategias y contenidos impuestos en el aula son desarrollados por personas que muy pocas veces o nunca han pisado un aula?

    La docencia sigue siendo una profesión que se puede ejercer ilegalmente (sin tener el título habilitante).

    Creo que es posible incluir gran cantidad de herramientas dentro del aula, no para convertirla en un gran show sino para aprovechar elementos que les resultan cotidianos a nuestros estudiantes o asociar los temas abordados con elementos simples y cotidianos.

    Los nuevos escenarios son posibles tal vez es momento de que los actores comiencen a actualizarse, a tener una nueva mirada de su vocación y sus pasiones claramente no se trata de mover bancos o llenar las clases de Power Point.
    Apelar a las pasiones de nuestros estudiantes es una gran propuesta o al menos un comienzo para intentar un cambio.

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