Confundir maltrato con “cultura del esfuerzo”

Créditos imagen: https://portal.abczdrowie.pl. Fuente: shutterstock-238457653

El enorme incremento del discurso de “la falta de cultura del esfuerzo” en chicos y jóvenes de los últimos tiempos es más que notable. Lo que también llama poderosamente la atención es su permanente asociación con el rigor, la “mano dura” y la legitimación de las formas de maltrato más tradicionales hacia los menores.

Mientras padres y escuela se tiran la pelota unos a otros sobre a quién le compete educar en valores, “formas de comportamiento”, respeto, etc.; estos discursos pasan a naturalizarse de manera alarmante. Partamos de una base: los padres educan en sus propios valores y culturas y la escuela también enseña valores. Dicho esto, podríamos dejar de responsabilizarnos mutuamente para ver cómo trabajar en equipo. Pero claro: no parece haber mucha voluntad para estos de ambas partes.

¿Es importante aprender el valor del esfuerzo? Sí, rotundamente. Aprender implica esfuerzo.

¿El esfuerzo implica sufrimiento? No, igual de rotundo que lo anterior.

Entonces… ¿por qué esta asociación casi mecánica entre ambas ideas?

La cultura escolar tradicional en la que nos educamos los adultos de hoy estuvo fuertemente sostenida por sistemas de premios y castigos, como modo de ejercer la autoridad pedagógica. Fruto de teorías de la enseñanza y el aprendizaje que alimentaron estos supuestos, como por ejemplo el conductismo, nos hicieron creer que esta era la única forma posible de concebir estos procesos. Así fue como nos convencimos de que el autoritarismo podía ser algo natural de la enseñanza “porque el docente ejerce el poder por su condición de tal”.

Con el afortunado desarrollo de otras corrientes pedagógicas y didácticas logramos entender que si bien siempre va a existir una asimetría entre docente y alumnos, no está basada en el poder que el primero detenta por su investidura sino por su diferencia de conocimiento. Para enseñar hay alguien que tiene un saber que el que va a aprender no tiene, y en el caso del docente se trata de un saber didáctico especializado que le permite a los alumnos aprender de maneras más sencillas.

La paradoja es que si bien estos enfoques impregnaron el discurso pedagógico, no llegaron a plasmarse de manera coherente sobre las prácticas y conviven hasta el día de hoy con los discursos autoritarios. Si sumamos a eso que los adultos, hoy padres, fuimos educados dentro de aquella lógica autoritaria a la que solemos ver como algo natural que conformó nuestras vidas, eso explica claramente la reinstalación de estos discursos sociales de “mano dura” de los que la escuela y los docentes suelen hacerse eco.

¿Se puede enseñar que aprender implica esfuerzo sin necesidad de maltratar, humillar o minar la autoconfianza de quien aprende? No tengo ninguna duda de eso. ¿Esto implica que “bajamos las exigencias”? Creo que esa es otra falacia que recorre las fantasías de padres y docentes.

Si cada uno de ustedes se pone a pensar todo lo que aprendió de y con aquellos maestros y profesores a quienes quisieron y admiraron, seguramente encontrarán la confirmación de lo que estoy afirmando.

Un buen vínculo entre docente y alumno afianza el compromiso del aprendizaje. ¿Qué mejor para quien estudia que sentir que puede dar lo mejor de sí para retribuirle todo su esfuerzo de alguna a manera a quien le enseña con dedicación? ¿Acaso cuando estudiaban no sintieron el compromiso de “no fallarle” a esos docentes con quienes tenían un gran afecto y respeto? Y no se trata de una “psicopateada”, sino de un vínculo en donde existe compromiso real de ambas partes.

¿Cómo se “gana” el respeto? Sencillamente con reciprocidad. El maestro o profesor que genera un vínculo de escucha y confianza para que pueda producirse el aprendizaje está enseñando respeto. Seguramente habrá chicos o jóvenes que no tengan eso en sus hogares: ¿entonces eso legitima al docente para maltratarlos? En situación de enseñanza no debemos olvidar que es el adulto docente quien está formado para desplegar estrategias que posibiliten la construcción del respeto mutuo. Puede llevar tiempo, puede ser un camino difícil, pero es necesario transitarlo.

¿En qué puede contribuir la “mano dura” o el maltrato en este proceso? Solamente a obstaculizarlo cosificando a las personas e instalando una escalada de violencia que encuentra como único fin posible la exclusión. ¿Acaso puede ser esta la solución a los problemas educativos que tenemos? ¿Así lograremos promover la famosa “cultura del esfuerzo”?

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3 comentarios

  1. El tema del esfuerzo no es patrimonio de la educación escolar.En sí mismo puede ser un valor o un disvalor,depende dónde y cómo se lo sitúe.En todo caso considero que no necesariamente es el comienzo de “ir hacia”,motivarse, encender el deseo.Pero en toda acción por más placentera que sea el esfuerzo tiene su lugar.Algunas veces se potencia por la circunstancia otras se redobla por la emergencia y muchas otras acompaña como buen compañero a un logro valorizado.Estas posibles situaciones y muchas más se reproducen en cualquier actividad, física como el deporte o aprender a tocar un instrumento ,o creativa,imaginativa, mental,etc.El problema comienza cuando la exigencia sobrepasa la recompensa y produce sufrimiento,a veces vejación,humillación .O bien cuando el desgano es tan potente que no encuentra camino productivo que lo impulse.En ambas situaciones de por sí extremas aunque frecuentes nos encontramos ante un padecimiento del que hay que dar cuenta.Y cuando se pretende navegar la vida sin esfuerzp alguno o es vana ilusión destinada al fracaso o bien genera una patologia fuera de la ley que es quien fija límites y nos vuelve a la realidad.

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  2. ¿El esfuerzo implica sufrimiento? yo estoy de acuerdo contigo, creo que el esfuerzo no está vinculado al sufrimiento.

    Esforzarte es atreverte, es romper la barrera y dar el siguiente paso, es decisión, es autodeterminación, confianza, es disciplina, pero nunca, jamás debe haber sufrimiento.

    Al contrario, es un camino para lograr un objetivo y ese objetivo debe venir acompañado de una o muchas recompensas.

    Que mal que muchos “maestros” o “educadores” o “profesores” simplemente transladen su historial de frustraciones a sus alumnos; hablar desde el fracaso y desde la frustración es lo que los lleva a vincular el esfuerzo con el sufrimiento…

    Escelente blog, un abrazo, felicidades…

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