¡Por fin me la saqué de encima!

Créditos imagen: http://www.rotativooaxaca.com/wp-content/uploads/2015/08/MOCHILA-3.jpg

No se equivoquen: esta entrada no refiere a aquella maravillosa película con Danny De Vito y Bette Middler cuyo título fuera tan mal traducido, sino a la frase que vengo escuchando más reiteradamente por estos días.

En Argentina todos los noviembres asistimos al demencial mes de cierre de las clases y el año escolar. Tiempo de sobrecargas, de esfuerzos, pero por sobre todo, tiempo de frustraciones para muchos estudiantes. Es el momento a donde se ejerce todo el poder de la calificación y a donde se suele olvidar el sentido de la evaluación, tema que ya he tratado en varias entradas anteriores.

Lo que más me interpela de este período es la reiteración de esta frase, que me lleva a pensar cuánto fracasamos en la enseñanza. Para quienes creemos que la educación debe promover el amor por el conocimiento y el deseo constante de aprender, estas expresiones nos resuenan como una alarma que no podemos eludir. ¿Lo único que logramos en nuestros estudiantes es que festejen que se sacaron de encima nuestra enseñanza? ¿Está bien que naturalicemos esta idea de que “hay que meter materias” y que todo se trata de correr y de lograr “una menos”?.

Cuesta conformarse con el lacónico argumento de que “siempre fue así”. Yo no quiero una escuela a donde siempre sea así. Yo sigo aspirando a una educación en donde los alumnos se despidan con nosotros al cierre del año recordando aquellas experiencias de aprendizaje que nunca podrán olvidar. Siempre dice Fernando Trujillo Sáez que trabajar en una escuela con proyectos transforma la educación en una experiencia “memorable”. Hoy, los alumnos buscan que su educación se convierta cuanto antes en una experiencia olvidable. ¡Qué lejos estamos!

Como docente, escuchar a mis propios alumnos –futuros maestros- decir esta frase y festejar cuando “se sacan de encima” sus materias, me hace pensar en cuánto más tenemos que trabajar para que el saber y el conocimiento se conviertan en algo “deseable”. Una de las cosas que más me preocupa es entender que este vínculo con el conocimiento -que se instala en las primeras fases de la trayectoria educativa- pueda condicionar a futuro toda forma de relación con él, haciendo que aquellos a quienes educamos no sientan ningún deseo por seguir aprendiendo y formándose. ¿Qué más puedo hacer como docente para alentarlos a seguir aprendiendo permanentemente? ¿Qué puedo mejorar para que sus experiencias de aprendizaje los lleven a extrañar el espacio en el que se formaron?

Como padres, nos pone en una encrucijada porque sentimos la necesidad de acompañar a nuestros hijos en esa acción de “descargarse semejante mochila” al tiempo que queremos mostrarles la necesidad de continuar esforzándose, cuando ni nosotros mismos a veces estamos convencidos de que valga la pena. Un ejemplo de esto lo sentí estos días cuando mi hija mayor, que está terminando su escolaridad secundaria, me enviara este mensaje:

“Aprobé Matemática!!!! Nunca más Matemática en la vida!”

Mientras festejaba compartiendo con ella la alegría de la noticia, no podía evitar la desazón de pensar sobre cómo a lo largo de su escolaridad secundaria habían logrado inculcarle ese rechazo por la Matemática, disciplina que amaba en la escuela primaria. Tampoco podía dejar de pensar en que lo que me decía no tenía ningún asidero porque es imposible vivir sin Matemática en la vida cotidiana. Pero bueno… su sentimiento de alivio era para ella lo más importante de ese momento y no pude dejar de alegrarme.

En paralelo, otro de mis hijos, que también atraviesa su escolaridad secundaria, me decía que nuevamente lo habían reprobado en Matemáticas pero que eso no le resultaba tan molesto como lo que le había sentenciado su profesor al comunicárselo:

“- Deberías haberte esforzado más”

Frase de cabecera de docentes, independientemente de cuál sea el destinatario. Mi hijo, que había pasado todo el año no sólo estudiando y practicando de manera sistemática y hasta asistiendo extraescolarmente a un profesor particular, me relataba el dolor que sentía ante ese total desconocimiento de quien supuestamente había estado siguiendo su aprendizaje durante un año, pero que ignoraba totalmente lo que se había esforzado para igual no lograrlo. La conclusión a la que llegó fue: “- Da lo mismo esforzarse que no hacer nada: al final me la llevo igual!”.

Otra alarma para mis oídos. Este partido termina siempre así: Escuela 1-Aprendizaje 0. Todo lo que pueda hacer para revertir esa sensación será inútil.

Y allí vuelvo a ver cómo fracasamos. Todo nuestro lindo discurso acerca del valor de la escuela, de la necesidad de estudiar, del amor por el conocimiento, se cae rápidamente.

Pero la escuela no puede ser una carrera de postas a donde la única meta es “pasarlas”. Los docentes tenemos un rol decisivo y una oportunidad única en la acción de transmitir el valor del conocimiento. No podemos seguir escuchando estas frases y asistiendo a este fenómeno como si no fuera grave.

¿Qué mejor enseñanza que aquella que nuestros alumnos recuerdan como una experiencia que los marcó para toda la vida? ¿Qué mejor aprendizaje que el de aquellos conocimientos que se obtuvieron porque los alumnos se sintieron comprometidos a esforzarse y aprender por el vínculo que tenían con nosotros que los alentaba para ese esfuerzo? ¿Qué mejor aprendizaje que aquel que se logra entendiendo el valor que tendrá para el resto de la vida?

Dejemos de hacer que la escuela sea “un lugar de paso” para que sea el espacio a donde quienes aprendieron allí quieran regresar. La educación no puede ser una carga: tiene que convertirse en un permanente objeto de deseo. Tenemos aún muchos desafíos pendientes. A ver si como docentes podemos recoger el guante y estar a la altura de las circunstancias. Tal vez logremos hacer de los “noviembres” un momento de fantásticos cierres a donde los alumnos puedan compartirnos todo lo que aprendieron y podamos despedirnos con afecto para poder dar paso a nuevas etapas.

 

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6 comentarios

  1. Aparece poco el placer de conocer algo nuevo.Recuperar el asombro que vemos en los niños pequeños cuando no los sacan de este sendero y los fuerzan a culturalizarse desde temprano,con las comidas,con la higiene y cuidado de su cuerpo,con ejercer sus destrezas corporales.Todo comienza como juego exploración.acercarles ese mundo nuevo que han de conocer,permirtirles el asombro que quizás algún compañero manifieste.Que comiencen las preguntas que eso nuevo que han de aprender ,les suscite.Todo antes del necesario y beneficioso esfuerzo,vivido como una natural exigencia que les posibilita conocer sus propios límites

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      • Yo soy docente de nivel inicial… y mi gran interrogante es: ¿por qué tanto cambio en la primaria en relación a la concepción del sujeto espistémico (nuestros niños), a los métodos de enseñanza y distribución de cuerpos en el espacio? Si en jardín se genera ésta capacidad de asombro que nos cuenta Frida… ¿cómo podría introducirse una continuidad? Y no sólo desde los docentes veo éste cambio en relación a los chicos, sino también en los padres… pretenden y exigen otras cosas de ellos… “ahora hay que estudiar”, “en la primaria esto se acabó”, etc

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  2. Plenamente de acuerdo. Entristece pensar que la escuela cumplió su objetivo de internalizar ciertos modelos y costumbres al punto de naturalizarlos y obtener de nosotros esas respuestas condicionadas por el hábito. Diferenciarse no sólo cuesta por ese sentimiento oculto de temer encontrarnos descolocados frente a la mayoría (al fin y al cabo el ser humano es gregario) sino también por tener que enfrentar un proceso de desaprendizaje. Despegarse de lo conocido, sea bueno o malo, no nos resulta fácil.

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    • ¡Cómo cuesta sacarnos esos “hábitos” que mencionás Hernán!
      Son muy interesantes estas ideas que estás presentando aquí, porque nos lleva a pensar que muchas veces los docentes por “pertenecer” e integrarse socialmente a la institución escolar mantienen sus inercias y con ello perpetúan lo peor de la escuela.
      Ojalá se abran los espacios para construir colectivos docentes desde una visión del cambio.
      ¡Gracias por tu comentario!
      Débora

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  3. Hola…
    yo sumo una frase que me dijo la profesora que me tomó el final de Adultos en la Facultad de Psicología: “andá antes que me arrepienta de la nota”.
    Y yo me fui. Pensando: ¿no querías ponerme esa nota? ¿por qué no me pusiste otra nota? Sentí que subestimó ese esfuerzo que yo había echo para estudiar una materia que me había presentado complejidades. A veces esos comentarios “ingenuos” de profesor que goza con su lugar de saber dejan marcas en los alumnos y está en cada uno poder lidiar con ellas para avanzar o para quedarse estigmatizado.

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