¿Innovación educativa sin autonomía para docentes y directivos?

Estamos rodeados de pomposos discursos políticos que responsabilizan al docente por la falta de innovación en las aulas y lo conminan a entrar en un mundo de experimentación más ligado a un “acto de fe” que a la convicción de la necesidad de un cambio. Este escenario se compone a su vez prácticas pedagógicas instituidas sobre currículas centralizadas y sistemas de gestión fuertemente verticalistas y burocráticos.

Paradójicamente cuando se analizan las condiciones necesarias para llevar adelante una innovación, el factor autonomía y toma de decisiones resulta indispensable. Nadie puede romper con sus formas habituales de trabajo o sus convicciones sin tener la posibilidad de decidir. ¿Entonces?

Estamos ante lo más parecido a un capítulo de “Los simuladores” (serie argentina emblemática). Todos participamos de un “como si” alimentando el discurso del “intercambio de experiencias” que nos proponen con la excusa promover la innovación. Si realmente se deciden políticas que promuevan la innovación educativa, ¿cómo puede ser que se mantengan las mismas estructuras organizacionales; sistemas de sanción y condiciones de trabajo docente?

Voy a ponerlo en un ejemplo de gestión institucional primero y luego en un ejemplo de aula.

Los equipos de conducción en nuestro país tenemos la responsabilidad de supervisar todo lo que atañe al funcionamiento de la escuela, abarcando desde lo edilicio hasta lo pedagógico todo aquello que se les ocurra. Sin embargo, no tenemos autonomía para intervenir y tomar decisiones cuando asistimos a desastres, sólo nos dejan la capacidad de “avisar a los superiores”, de los que podemos esperar en el mejor de los casos la intervención para la solución de problemas, pero en las situaciones más frecuentes un “sigan participando”. Mandan a arreglar la escuela, los que vienen lo hacen mal, entra agua por todos lados y… yo sólo tengo en mis manos ¡avisar!. Luego deciden que los mismos que hicieron mal todo sigan trabajando, con el augurio de que muy probablemente sigan haciéndolo mal. ¿Qué puedo cambiar si no me dejan decidir nada?

Vayamos ahora al aula: toda propuesta que atente contra la estructura de los tiempos, espacios y personal disponible queda descartada de antemano. Supongan que un grupo de docentes decide trabajar con proyectos interdisciplinarios o intergrupos, y quiere alterar la organización habitual del horario, juntar grupos, dividirlos de otra forma o algo similar. ¿Qué autonomía tiene para hacerlo? A pesar de estar convencidos de que es la mejor opción de trabajo, no cuentan con capacidad alguna para hacer un cambio de este tipo. ¿Podríamos decir entonces que sólo se aplica aquello que es una “innovación regulada” dentro de los márgenes del sistema? ¿Entonces de qué cambio estamos hablando?

Si de verdad se busca un cambio, si la preocupación por la calidad es en serio, hay que tomar decisiones. Pero la primera tiene que ser la de dotar de autonomía a los docentes y a los equipos de conducción, para decidir qué es mejor para su contexto de trabajo. Difícilmente quien no conoce tu escuela pueda opina cómo es mejor el trabajo en ella. Sino estamos condenados a repetir siempre lo mismo inexorablemente.

Si alguien tiene que “autorizarnos” o venir a decirnos qué tenemos que hacer, entonces no estamos hablando de innovación. Si lo que podemos hacer para cambiar conserva toda la estructura anterior, entonces tampoco es innovación. Y puesto en estos términos estaríamos hablando solamente de una puesta en escena que de fondo no da cuenta de ningún cambio real. Claro que muchas veces a la gestión política con esto alcanza y así no se vé en la necesidad de tomar decisiones que impliquen costos políticos, pero no somos tan ingenuos para creer que de esto se trata el cambio educativo.

Finalmente, si se carece de confianza sobre la capacidad que tiene el docente para diseñar e implementar experiencias de enseñanza y aprendizaje que provoquen un salto respecto de lo que se viene haciendo, o si se duda de que un directivo pueda gestionar creativamente su escuela y resolver problemas; entonces no hay posibilidad de cambio posible. Las normas escolares y del sistema educativo deberían ajustarse para posibilitar la autonomía porque sino, estamos hablando sólo de grandes discursos políticos que son una cáscara vacía. Hablemos claro.

Créditos imagen: ssoirp. L'autonomia. BizkaiBus anant a Autonomia, no sembla paradojic. Fuente: Flickr.
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Un comentario

  1. Deborah, siempre siento tal identificación en las situaciones que contas. Pienso que la autonomía de los docentes es necesaria y por ende la confianza en ellos. Tener equipos de trabajo en la que confiamos… Cuanta menos confianza y autonomía creo que también aumentan los “traspiés”, mal clima laboral. Si un otro quiere tenernos todos controlados,el resultado de invierte.

    De todos modos, dijo la pregunta sobre cómo establecer la confianza en el docente y cómo nos formamos como dientes críticos y plenos de sentido común para que se nos pueda delegar la tamaña tarea de enseñar.

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