La educación de las buenas intenciones

¡Cómo me viene costando encontrar el tiempo para escribir!. El agobio de los cargos directivos excede todo lo que uno pueda anticipar, sobre todo cuando se trata de gestionar una escuela dependiendo de otros funcionarios y con cero margen de autonomía para accionar. Hace ya un año hablé de esto, pero el panorama se fue complejizando.

Yo creo que tenemos que aceptar que enfrentamos un problema grave: el de creer que con buenas intenciones alcanza para mejorar la educación. Las intenciones requieren condiciones de materialización y ellas se dan solamente cuando se toman decisiones; se ponen a disposición recursos y se hacen cosas concretas para cambiar.

Es imposible no coincidir en que necesitamos un cambio en la educación. Es imposible disentir con la idea de que la escuela secundaria está en crisis. Es imposible no acordar con la idea de que se requiere innovar. ¿Pero todos hablamos de lo mismo cuando nos referimos a estas cosas?

A veces parece que quienes planteamos las condiciones materiales y reales que puedan dar viabilidad a estas buenas intenciones somos vistos como unos “boicoteadores”, unos “pesimistas” o por qué no como unos “vagos que no queremos hacer nada para cambiar”. Luego de tantos años de escribir sobre la necesidad del cambio y la innovación al mismo tiempo que trabajar para lograrlo, me parece una paradoja que se intente ponernos a quienes planteamos las condiciones reales del lado de “los que no lo quieren”.

La enorme banalización que vienen sufriendo los conceptos de “innovación” y “cambio” en educación han instalado una suerte de reduccionismo: pareciera bastar con el deseo o la buena intención para que se concreten. Y así se identifican voluntades individuales de adhesión del mismo modo que se ven fantasmas de “boicoteadores” por todas partes.

Quiero dar algunos ejemplos concretos para que se entienda de qué hablo.

Uno de los primeros ejemplos los puedo ubicar en la campaña de las redes y los medios por estos días de “#votoconclases”. Un grupo de gente comenzó a hablar de lo maravilloso que sería no perder el medio día de clases que habitualmente toma la limpieza de las escuelas a continuación de un acto electoral. De ese modo se empezó a proliferar nuevamente la idea del voluntarismo para que se limpie mágicamente las escuelas y estén listas a primera hora del día lunes para dar clases. Este voluntarismo terminó plasmando por ejemplo en la Ciudad de Buenos Aires en una comunicación en donde se habla de la decisión del dictado regular de las clases y se especifica:

“Atento a ello, se llevará a cabo el acondicionamiento de aquellos establecimientos que se encuentren afectados a las elecciones Primarias Abiertas, Obligatorias y Simultáneas (PASO) del día domingo 13 de agosto.”

¿Cómo se llevó a cabo ese acondicionamiento? No se dijo. Con el mismo escaso personal auxiliar con el que las escuelas no logran mantenerse habitualmente limpias; con un magro ofrecimiento de pago compensatorio por unas horas adicionales; el tema como siempre recae en la forma en que los equipos de conducción logran sortear los múltiples inconvenientes que se les presentan. Por supuesto: los directivos buscamos cómo resolverlo y después nos preguntaron si lo hicimos. Imaginen las respuestas.

Vamos a otro ejemplo: la gestión administrativa de todo. Con la supuesta intencionalidad -que todos podíamos acordar como buena- de agilizar la gestión burocrática, existen en CABA diferentes sistemas on line. Uno de ellos corresponde a la operatoria de los expedientes y la comunicación oficial, más allá del mail. Ese sistema permanentemente “se cae” o se encuentra inaccesible. Sumado al hecho de las deficitarias conexiones a Internet de las instituciones,  es imposible acceder cotidianamente con normalidad a las gestiones requeridas. Pero todo se solicita con un determinado formato y tiempos urgentes; cargado en ese sistema que no funciona y todos saben; con plazos y volúmenes de carga que resultan imposibles de cumplir. Luego se juzga a las instituciones de inoperantes o ineficientes por no cumplir en tiempo y forma lo que materialmente resulta imposible de realizar. ¿Pero saben qué? A nadie parece importarle esto. A veces las intenciones de dan de cabeza contra la realidad, sólo que para que algunos eso es visto como “mala voluntad”.

Un último ejemplo de miles: el nuevo cambio para la escuela secundaria. Todos acordamos que es necesario y hasta que es urgente, hasta podemos coincidir en las ideas básicas. Pero estamos muy lejos de establecer el “cómo”. ¿Es posible hablar de un cambio real cuando no se ha dado solución a las mínimas condiciones cotidianas de posibilidad que hacen por ejemplo a los tiempos; espacios y condiciones de trabajo de los docentes que llevarán a cabo el proceso de cambio?. Hay algunas cosas donde no podemos entrar en el debate de si es primero el huevo o la gallina… Las condiciones básicas deben estar resueltas para poder avanzar en otros planos. ¿Se puede llevar adelante un cambio profundo sin la creación de consensos mínimos con todos los actores institucionales? Si acordamos que no, ¿cómo lograrlos sin tiempos y espacios reales de debate con todos ellos? ¿Alcanza con que todos estemos de acuerdo en la necesidad de esta cambio y manifestemos nuestras buenas intenciones para llevarlo adelante?

Así vemos que no se trata de “optimismos ó pesimismos”; menos aún de falta de intención. Se trata de analizar las condiciones de viabilidad en contextos reales de lo que se está pensando “con las mejores intenciones”. La voluntad ayuda, pero no es suficiente.

La gestión de los gobiernos y funcionarios no puede reducirse a manifestar lo que querrían en el plano de sus deseos: hay responsabilidades y claramente no pueden deslindarse siempre en las escuelas, los equipos de conducción y sus docentes. La “voluntad” de los actores del sistema educativo es una sábana corta: ya no se puede tirar más de ella porque nos vamos a quedar destapados. Los cambios no se producen por la magia de sólo quererlos.

También es hora de aceptar la necesidad de dar debates en serio y abandonar las frases hechas o los slogans marketineros: podemos acordar en muchas declaraciones pero la pregunta del millón es el “cómo”. Sin que nos tilden de “molestos” o “boicoteadores” a quienes lo proponemos, dando argumentos reales. Porque estamos llenos de buenas intenciones, aunque algunos puedan creer que no porque opinamos.

Créditos imagen: David.  "El puente de las buenas intenciones". Fuente: Flickr.
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2 comentarios

  1. Voluntarismo va asociado a empeño individual.Pero ya se encuentra instalado un “sistema” rigidizado y a su vez ,un grupo humano en funcionamiento y eso es ldecisivo.Cuando uno se planta en la vida desde el esfuerzo individual sólo avanzan los que quieren quedar adelante y muchos otros se encuentran “bajo la linea de flotación”.Y así es en nuestro sistema educativo ,y todo lo que eso implica como tantas otras cosas en nuestro pais Y llegamos hasta acá a pulmón ….necesitamos aire .No puede ser “ya”.Como acostumbro decirte ,gracias por tu aporte escrito pero mucho más por tu comprometida dedicación.

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