Los “zombies” de la escuela

El tiempo para pensar y el tiempo para actuar en la escuela… En los últimos días vengo sintiendo la presión del tiempo en la escuela mucho más fuerte que nunca. Convivo con la sensación permanente de que hagamos lo que hagamos el tiempo no alcanza para abordar la cantidad cotidiana de conflictos que se suscitan y que hacen imposible intentar encarar en paralelo ideas de cambio, sobre todo considerando que lo primero arrasa con lo segundo. Es más, siento tanto la falta de tiempo en el orden de lo personal que no llego a escribir para el blog que es mi espacio de reflexión sistemática.

Escucho los reclamos de funcionarios o incluso las palabras de la ministra de educación de mi jurisdicción que ha expresado que a los docentes nos “falta vocación” y sólo pienso qué lejos estamos todos los días en la escuela de esta afirmación. Falta tiempo: faltan espacios; falta personal; faltan respuestas a las necesidades más básicas del día a día, pero ganas y vocación en nuestra escuela hay de sobra.

¿Cómo hacemos entonces para conjugar todo lo que queremos hacer con una realidad que nos tracciona para actuar “en automático” porque nos lo pasamos solucionando todo tipo de problemas que no dejan de aparecer y obstaculizar nuestra tarea principal que es la de hacer de la escuela un lugar mejor para enseñar y aprender?

¿Sabrán los funcionarios que con voluntad y sobrecarga de tarea no reconocida estamos condenados a seguir siempre en el mismo lugar? ¿Entenderán que a costa de enfermarnos no es un buen negocio si después se quejan de que pedimos licencia porque nos quedamos sin voz, se nos resiente la espalda y el cuerpo nos cobra el exceso de cansancio?

Pero por sobre todas las cosas, pienso en las consecuencias que la falta de tiempo puede tener sobre nuestras acciones y decisiones. La escuela necesita espacios de reflexión, no se puede estar todo el tiempo como arquero que ataja penales a como sea. Es imprescindible encontrar cuándo juntarnos a planificar, intercambiar información, definir estrategias juntos y en nuestro país esto no pasa. Sumemos a eso que cada uno sale de su turno y corre a su otra escuela para sumar un salario que permita vivir.

En mi caso actual, mi cargo directivo corresponde a 5 hs. diarias de acuerdo a lo que se tipifica y remunera. Sin embargo, como en la escuela funcionan 4 niveles que se desarrollan en 3 turnos (mañana, tarde y noche) la única manera de afrontar lo requerido con responsabilidad es con un mínimo del doble de horas diarias, que no están reconocidas. Y por supuesto que no todo el equipo es capaz de sostener la posibilidad de hacerlo (de hecho yo lo hago en detrimento no sólo de mi salario sino de mi familia). El absurdo es tal que el salario es el mismo para quien conduce una escuela de 1 o 2 turnos que el que está a cargo de una de 3 turnos. Tampoco la cantidad de personal a cargo o matrícula resultan una variable: tener 6000 ó 500 personas a cargo se reconoce con el mismo salario.

¿Con estas condiciones cómo podemos entonces reflexionar sobre lo que hacemos o queremos hacer? ¿Podemos seguir tomando decisiones sólo sobre las urgencias y sin contar con el tiempo para pensarlas y discutirlas?

Siempre cito ese maravilloso texto clásico de Donald Schön [1] de 1987, “La formación de profesionales reflexivos”, a donde el autor explica la necesidad de la profesión docente de tener una reflexión sobre la acción (a posteriori) y en la acción (mientras se lleva a cabo la tarea). Y a pesar de que lo enseño incluso como una necesidad elemental, no le encuentro la forma real de implementarlo en la escuela de hoy sin un altísimo costo personal.

Schön hablaba del conocimiento en la acción y de la “normalización” de lo tácito:

“El conocimiento en la acción es tácito, formulado espontáneamente sin una reflexión consciente y además funciona, produciendo los resultados esperados en tanto en cuanto la situación se mantenga dentro de los límites de aquello que hemos aprendido a considerar como normal ”. (Schön 1987:38)

¿Podemos seguir simplemente actuando por inercia? O mejor cambiemos la pregunta: ¿a qué nos llevaría seguir trabajando en estas condiciones, de esta forma a donde no llegamos a tener el espacio para una reflexión conciente sobre nuestra actuación docente o directiva?

La mera ejecución, vacía de todo análisis, nos lleva a reproducir muchas veces lo peor del sistema. Para poder crear respuestas diferentes, para poder gestar un cambio, sencillamente se necesita empezar por tener los tiempos y espacios para pensarlos.

Como si esto ya no fuera suficiente, tengo que señalar el agobio y el desgano para encarar futuros proyectos que produce este escenario. En medio de este desgaste, es claro que las condiciones para el cambio educativo estarán cada vez más lejos.

Quiero dar algunos ejemplos concretos como cuando un grupo de colegas autogestiona un proyecto innovador que es sostenido sobre la base del tiempo extra de cada uno de ellos. Es probable que sea muy bueno pero tenderá a evaporarse en tanto y en cuanto los que lo llevan adelante comiencen a requerir del tiempo que “donaron” para tomar más horas de clase y mejorar sus ingresos. ¡Así es como he visto morir los mejores proyectos de la escuela!

El cambio necesita de los docentes y directivos como actores principales y para ello hay que hacer modificaciones en las condiciones cotidianas de trabajo que permitan a cada uno de nosotros reflexionar y diseñar juntos sin morir en el intento. Y todos sabemos que los que no se comprometen seguirán haciendo lo mismo, pero quienes lo hacen tienen que contar con lo mínimo indispensable para sostener lo que se proponen. Con la voluntad y las ganas solamente no alcanza.

Estas decisiones no están ya en manos de los equipos de conducción sino de quienes tienen a cargo el sistema. Más vale que se enteren pronto de lo que necesitamos porque sino, cuando querramos acordarnos, sólo seremos un ejército de docentes y directivos “zombies” actuando por inercia y repitiendo las soluciones más primitivas: las únicas que nos van a quedar en medio del agobio. Y en este contexto, ¡no habrá vocación que nos salve!

[1] Schön, Donald (1987). La formación de profesionales reflexivos. Ed. Paidós. Barcelona.

Créditos imagen: Alan Levine. Discussion. Fuente: Flickr.
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