La ilusión de recibirse de maestro/a

Esta semana viví como todos los años la felicidad de acompañar la entrega de títulos de los graduados de nuestro Profesorado. Pero esta vez no fue igual a las anteriores, porque fue la primera en que lo hice desde mi cargo de Rectora.

No sé si puedo llegar a reflejar lo que se siente en cada uno de estos actos: ver a quienes recibiste hace muchos años llenos de expectativas y sueños, felices compartiendo con sus familias ese título tan ansiado.

Como tengo hace muchos años la suerte de trabajar en todos los turnos, la mayoría de quienes van pasando al escenario por su diploma son conocidos para mí. Mientras caminan a recibirlo voy recordando sus trayectorias, sus vidas, sus ilusiones, sus discusiones. Me sorprendo viendo cuando muchos de ellos dudan de que los recuerde, de que sepa sus nombres, recuerde sus caras o tenga identificada alguna situación que vivieron. Nuestra tarea de formar docentes es la de involucrarnos en sus vidas, la de tratar de incidir en algo. ¿Cómo podríamos olvidarlos? Claro que estamos tan acostumbrados socialmente a esa idea de que las instituciones de nivel superior se caracterizan por el anonimato de quienes las transitan como alumnos que naturalizamos que así sea. Por eso también esta ceremonia que les cuento, si bien no es más ni menos que un “rito de pasaje”, está cargada de una emoción particular.

Pero también para nosotros, quienes los formamos, representa muchas expectativas: ¿les habremos dado las herramientas adecuadas para sortear todo lo que implica estar hoy todos los días en una escuela? ¿Habremos podido convencerlos de la necesidad de desafiar lo establecido para que podamos mejorar y cambiar la escuela? ¿Habremos logrado transmitirles una pasión por enseñar que les dure toda la vida?

Siempre me pregunto por qué la mayoría de los graduados recientes demuestran ese enorme interés por la docencia, por cambiar las cosas, pero luego de unos años eso desaparece. El poder de las instituciones escolares de “sojuzgar” el entusiasmo y de dominar todo espíritu de cambio se hace visible cada vez más rápido. ¿Tan tenue es el efecto de lo que damos en la formación docente? Pareciera que sí. ¿Cómo lograr entonces sostener la pasión por la docencia? ¿A dónde quedan los sueños de esta ceremonia de entrega de títulos? ¿Qué cosas están al alcance de quienes los formamos y cuáles se escapan a nuestras posibilidades? ¿Por qué a algunos docentes les dura toda la vida el entusiasmo y otros lo pierden tan rápido?

El “revival” del vocacionismo está a la orden del día: parece que existiera quien nace con “el toque” para la docencia y quienes no. “-El problema es la falta de vocación” solemos escuchar. Ante este panorama la respuesta se reduciría a tener a la habilidad de distinguir a quienes “tienen el don”. Si todo fuera tan sencillo…

He visto cantidad de veces futuros docentes llenos de ganas que al llegar a las escuelas reales son cooptados por la inercia cotidiana que les hace olvidar por qué están ahí. De a poco ese entusiasmo se va perdiendo y sólo aparece el agobio, y con él las formas rutinarias para sobrevivir en la profesión. Es muy mezquino juzgar a quienes perdieron las ilusiones por una supuesta “innata” falta de vocación.

No puedo dejar de pensar que tenemos que hacer de las escuelas el lugar a donde nuestros docentes quieran ir a trabajar. Claro que sé que son pocas cuestiones las que están a nuestro alcance para lograrlo, pero al menos tenemos que sostener el entusiasmo y las ganas de seguir haciendo cosas para mejorar la escuela juntos. Si pudiéramos alentar y acompañar los proyectos en donde hay compromiso; si encontráramos las formas de sostener espacios para escucharnos y ayudarnos. Por supuesto que si no se cambian las condiciones de trabajo de los docentes será más que difícil sostener las ganas con las que recibieron su título. ¿Pero podremos lograr al menos que se sientan bienvenidos y estimulados en nuestras escuelas?

Si en vez de pensar que cada profesor o profesora nuevo/a pase por “pagar el derecho de piso” de sobrecargarlo de actividades burócráticas o desanimarlos cuando traen ideas innovadoras diciéndoles que “ya se les va a pasar” pudiéramos pensar en espacios de aprendizaje continuo; en tenderles una mano desde la experiencia; en cuidar el torbellino de emociones que generan los primeros tiempos de escuela.

Recordemos quienes estamos en la profesión cómo ha sido nuestro recorrido. Si miro para atrás en mi historia, me veo mucho más rígida como docente intentando sostener las pocas cosas que tenía claras: la inseguridad hace que te aferres a lo conocido. Pero al mismo tiempo las ganas me llevaban a preguntarme todo el tiempo qué se podía cambiar. En mis primeros años a veces pensaba que para garantizar la “objetividad” y ser justa con mis alumnos tenía que dejar de lados los afectos. Sin embargo con el tiempo aprendí que nada mejor que implicarse a pesar de todos los que me decían que no me apegara y tomara distancia.

Con el tiempo puedo afirmar también que la perseverancia y la tosudez que tanto pueden cuestionarte al comienzo, es una de las mejores cualidades para atravesar y salir airoso de la desidia de algunas instituciones educativas. También puedo decir que las ideas más “locas” o “delirantes” sobre la enseñanza son las que producen mejores resultados. En mi experiencia, repetirnos y hacer más de lo mismo nunca es una buena opción. Debates, argumentos, intercambios: eso es lo mejor que puede darnos la trayectoria docente.

Despedir a los graduados de las instituciones en que los formamos es al mismo tiempo pensar en las que los que recibirán. Quizás si logramos armar las redes necesarias entre unas y otras podamos pensar en que se sientan más alentados a sostener las ganas y el compromiso con el que llegaron a obtener su diploma. Y de este modo podremos prolongar esas maravillosas sensaciones que se producen en la ceremonia de entrega de títulos.

Créditos imagen: gadgetdude, Fake diploma. Fuente: Flickr.
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5 comentarios

  1. Me siento tan identificada Débora! Increíble sos tan sabia.En la escuela que estoy me pasó exactamente lo mismo, al ser nueva no soportan que venga con tanta innovación y me viven diciendo “Vamos a ver si el año que viene tenés las mismas ganas de planificar y de llegar al colegio media hora antes que suene el timbre”. Yo contesté así no me interesa el mañana, vivo mi presente de docente y el ahora de mis alumnos. Un abrazo!

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    • Gise querida, ojalá nada ni nadie pueda tirar abajo ese empuje! Los necesitamos así a nuestros nuevos maestros y maestras: desafiantes, comprometidos, con ganas de cambiar.
      Los que estamos en el último tramo de nuestra vida profesional tenemos que abrirles el espacio para crecer como nosotros lo hicimos. ¡Ojalá estemos a la altura!
      Un abrazo enorme,
      Débora

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  2. Me sorprendió y a la vez me conmovió que recordaras a tantos alumnos en ese flujo de jóvenes que pasaron por tu vida. docente.No creo que el deseo que los llevó a seguir ese camino haya desaparecido totalmente.
    Es probable que en muchos haya quedado guardado hasta que un estímulo vital ,los active.La escuela o bien la enseñanza en general está en un letargo,desvitalizada y continuar en ella ,me parece ,requiere de un ánimo épico, o de un voluntarismo que empobrece y genera cerrazón.Siempre enriquecida con tus aportes

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    • Gracias Frida!
      Los alumnos dejan marcas en nuestras vidas. Algunos nos siguen acompañando como colegas y muchos son inolvidables.
      Me gustaría que ellos fueran también concientes de lo que dejan en nosotros, quienes les enseñamos.
      Cariños!
      Débora

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