El paraíso de la escuela desconectada

“Había una vez un reino alejado a donde todo era paz y armonía. Niños y niñas se educaban escuchado a sus maestros y maestras deleitándose de las maravillas del conocimiento que les eran transmitidas por sus ilustrados docentes. Luego repetían todos juntos con felicidad y entusiasmo hasta lograr la obtención del saber. El silencio reinaba en las aulas, sólo se escuchaba hablar cuando los docentes lo pedían y las respuestas eran estrictamente las que ellos querían escuchar. No había distracciones, sólo la atención puesta permanentemente en lo que se enseñaba. Y todos felices comían perdices…”

¿Será algo parecido a esto la imagen que sueñan aquellos defensores de la escuela tradicional y desconectada, más cerca del género fantástico que del mundo en que vivimos? ¿Es necesario seguir discutiendo sobre si la escuela debe estar a tono con lo que pasa fuera de sus muros o puede vivir de la nostalgia de supuestos tiempos dorados que no fueron tales? Me parece insólito tener que estar hablando de esto en el 2016, pero como no ceso de escuchar quienes digan que la escuela se las puede arreglar perfectamente sin Internet, quiero dedicar unas reflexiones a este tema.

¿Puede la escuela vivir sin Internet? Sí, claro, lo ha hecho y lo viene haciendo en muchos casos. ¿Debería la escuela del siglo XXI trabajar sin Internet? Obviamente no ¿entonces por qué algunos sostienen que sí?

¿Podríamos seguir usando plumín y tinta en la escuela? ¡Por qué no! ¿Qué cambiarían unos manchones más o menos? Nuestros padres y abuelos lo usaron y aprendieron a escribir igual. ¿Eso es fundamento suficiente? Continuar justificando lo injustificable es la forma de perpetuar lo más anquilosado de la educación.

Me gustaría detenerme a analizar algunos de los argumentos que suelen esgrimir los que sostienen el paraíso de “la escuela off line”.

  • “Como hay otras necesidades insatisfechas de la población (acceso a servicios básicos), la conectividad es algo suntuoso”. Yo creo que oponer necesidades y establecer “rankings” entre ellas en donde unas sean vistas en detrimento de las otras, sólo baja cada vez más las expectativas de calidad de vida sobre lo que se requiere, afectando como siempre a los grupos más desfavorecidos. No se trata de “competencia entre necesidades” sino de contar con todo lo que realmente se necesita hoy para vivir dignamente.
  • “Internet puede ser un distractor del aprendizaje”. Este argumento se cae inmediatamente: cuando las propuestas didácticas son adecuadas, Internet jamás opera como distractor. Ante una propuesta tediosa, repetitiva y poco convocante el distractor podría ser Internet o una pelotita de papel.
  • “Si no se cuenta con conexión todo se puede simular”. La pregunta del millón es… ¿por qué simular algo que existe en nuestro mundo de todos los días? No estamos hablando de la simulación de una expedición de la NASA, ¡estamos planteando que Internet es una realidad cotidiana ineludible!.
  • “Los problemas técnicos sobrecargan a docentes y directivos”. Si bien esto resulta innegable, un servicio de Internet de calidad que se provea junto con un soporte técnico adecuado no debería producir esta sobrecarga de ninguna manera.
  • “Se puede enseñar perfectamente sin Internet”: sí, siempre se ha podido. Pero la cuestión radica en por qué hacerlo cuando contamos con una herramienta tan poderosa pero, por sobre todo, cuando necesitamos educar a los niños/as y jóvenes en su uso responsable. ¿Quién va a hacerlo sino? ¿Las familias? ¿Tienen los conocimientos para hacerlo?
  • “Ahora con Internet los chicxs copian y pegan y no estudian”: ¿acaso repetir de memoria lo que dice un manual o libro de texto en una prueba no es la versión “casera” del copy/paste? La reproducción de este tipo siempre existió y seguirá existiendo mientras haya propuestas didácticas y específicamente de evaluación que favorezcan la memorización y repetición de información por sobre la comprensión y la reflexión. Nada de esto es atribuible a Internet.

Me parece que ya es hora de abandonar estos argumentos tipo “verdades de Perogrullo” y ponernos a trabajar seriamente para que nuestros funcionarios entiendan que Internet en las escuelas no se trata de un lujo asiático sino de la posibilidad de acceder a un servicio tan esencial como otros. En vez de poner tanta energía en justificar la carencia de Internet o repeler su ingreso a la escuela, podríamos ponerla todos juntos en reclamar que haya Internet “de la buena” que sirva para hacer cosas más interesantes en la escuela, como por ejemplo para desarrollar propuestas de trabajo colaborativo y favorecer modelos mixtos de enseñanza combinando lo mejor de lo presencial con lo mejor de lo virtual.

Créditos imagen: Sten Dueland. Disconnected. Fuente: Flickr
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