Los derechos vulnerados de la infancia y un sistema que no responde

Hace mucho que no escribo. Estas fueron semanas muy difíciles, cargadas de trabajo excesivo pero por sobre todo de problemáticas vinculadas con la vulneración de los derechos de los menores. Si bien para quienes trabajamos en escuelas desgraciadamente esto ya es un tema que requiere de atención cotidiana, hay situaciones que se vuelven increíbles y que consumen la energía, el tiempo y las emociones de los adultos que trabajamos en las escuelas. Así que hoy mi entrada no tiene nada de ese optimismo al que yo misma siempre apelo…

La verdad es que los directivos podemos estar más o menos preparados para todo lo que aparece, pero cuando se trata de niños o jóvenes que sufren, ninguna formación y preparación parece alcanzar. Claro que me refiero a los que estamos comprometidos con nuestra tarea, no con los que simplemente emiten respuestas burocráticas con el objetivo de “quedar cubiertos” ellos mismos.

Estos días compartí debates e intercambios -por suerte- con una parte del equipo de mi escuela que se implicó y estuvo a la altura de las circunstancias. Estoy orgullosa de trabajar en nuestra escuela con estos profesionales. Pero también asistí a las respuestas y reacciones de aquellos que simplemente querían sacarse los problemas rápidamente de encima. No voy a mentir: los segundos superaron en cantidad ampliamente a los primeros, así que estamos bien lejos de lo que nos gustaría como escenario. Pero esos pocos que pusieron el cuerpo para defender los derechos de nuestros alumnos y resguardarlos valen más que cientos de los otros.

Hemos lidiado con lo peor del “sistema”: hemos tocado todas las puertas y hecho todos los llamados, pero el sistema sencillamente no funciona. No hay protocolos que sirvan cuando las opciones simplemente no son tales y las personas que “asisten” sólo buscan las formas de sacarse de encima lo más pronto posible el problema que se les estás planteando.

La escuela no puede ser el lugar de resolución de situaciones de violencia intrafamiliar, de abandono de menores, etc. porque no es su función ni tiene las herramientas ni los equipos para hacerlo. Desde hace muchos años se reclama la necesidad de fortalecer en las escuelas públicas los equipos de asistencia para problemáticas de índole social y familiar, porque no alcanzan quienes se dedican a esto para la cantidad de casos que se reciben. Pero lo importante es que cuando se recurre a las instancias externas a la escuelas para pedir la intervención en la protección de los menores, las respuestas no aparecen o resultan esquivas. Las Defensorías no actúan como debieran, los números de asistencia están saturados, no hay profesionales ni recursos suficientes y cuando nos atienden no nos ofrecen soluciones viables. Y en medio de este panorama las responsabilidades sobre docentes y escuelas se mantienen en el centro de los cuestionamientos y la opinión pública.

Atender y asistir estas problemáticas puede tomar jornadas enteras de trabajo en las que no es posible dedicarse a los temas pedagógicos, centrales en la vida escolar. Docentes y directivos deberíamos dedicarnos a diseñar las mejores formas de enseñar, cuando la realidad no lleva a destinar el menor de los tiempos para estas tareas.

En estos días he confirmado que por más que tengamos el mejor equipo en la escuela y una enorme voluntad, estamos solos en la asistencia y eso genera desgaste y frustración. Durante el intenso recorrido que transitamos por organismos para solicitar ayuda, sólo encontramos una profesional que al menos ofreció acercarse a la escuela para ayudar a buscar alternativas. El resto, sólo quería que “no les lleváramos problemas” o nos repetían fórmulas inaplicables y que en muchos casos lesionan más aún los derechos de los menores.

Cuando converso diariamente con muchos colegas directivos o docentes, que relatan exactamente lo que estoy sintetizando aquí, nos preguntamos: ¿quién se ocupa realmente de asistir para recomponer los derechos vulnerados de los niños y jóvenes?

Mientras las medios muestran con espanto situaciones de robos, agresiones, etc. generadas por menores, del otro lado vemos todos los días como nadie fuera de la escuela se ocupa de contenerlos, cuidarlos y velar por su seguridad. ¿Qué futuro pueden tener entonces? ¿De qué nos sorprendemos tanto? La legitimación de la violencia intrafamiliar por ejemplo, al punto de tener que escuchar por parte de profesionales que supuestamente deberían asistir y que le dicen a los chicos “que traten de aguantarse” cuando los agreden, es la muestra más patética de lo que estamos viviendo.

¿Y qué hacemos entonces en la escuela? ¿Cuánto más podemos poner el cuerpo y contener? ¿Cuánto más podemos sostener o incluir en este contexto? ¿Cómo protegemos a los otros menores; cómo cuidamos a los adultos comprometidos que se encuentran emocionalmente implicados y asisten ante la falta de respuestas del sistema?

Los funcionarios ponen mucho énfasis en bajar más y más procedimientos burocráticos que caen en saco roto. Ocupamos tiempos valiosos en responder con informes los protocolos, oficios judiciales urgentes, etc. cuando del otro lado del mostrador no hay nadie que se haga cargo de proveer a las escuelas las soluciones que se necesitan para los chicos.

Los chicos no pueden esperar. Hay cuestiones que requieren acción inmediata. Necesitamos respuestas hoy, las infancias no esperan. Es momento de reunirnos todos los adultos que trabajamos por la infancia para tomar decisiones urgentes.

Créditos imagen: Quino. Mafalda.
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6 comentarios

  1. Hola Débora, me siento muy indentificada con lo que escribís. La infancia es PRESENTE y no puede esperar. Una crítica constructiva: deberíamos dejar de referirnos, al menos dentro de la escuela, a los niños en términos de “menores” ya que según le Ley de Protección Integral(2005), niños y niñas son SUJETOS DE DERECHO, que deben ser escuchados y protegidos; y no “menores”, que se deben tutelar como los llamaban en la Antigua Ley de Patronato(1919).
    Felicitaciones, muy interesante el Blog! Seguiré leyendo 🙂

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  2. Cualquier directora de una institucion de CABA, dependa de inicial ,primaria o normales.. padecemos los partes y alertas…su “protocolo”y la profunda inutilidad para proteger a niños de aituacionea de violencia o abuso. Quieren saber y estar al tanto, para rehuirle como a la lepra….peero… son los que rapidamente culparan a la escuela, maestra y directora a la cabeza..obviamente,como ya vimos hace poco con la muerte de Agustin, el niño de jardin muerto el año pasado. No les importan los niños ni la escuela publica que solo les trae incomodidadea con maestros que no solo piden por sus salarios sino que tambien defienden a los pibes y a sus familias. Por suerte…. seguimos molestando. A pesar del pesar que generan estas situaciones, siempre se descubre que hay “otros” al lado de uno y que no estamos solos. Tus reflexiones sirrven para generar mas debates con los “otros” que ya tiraron la toalla

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  3. A veces sentimos que las palabras no alcanzan y, otras, ellas son la llave para hacer luz, como una linterna que guía el camino en la oscuridad….
    Resulta que no alcanzaron los equipos de apoyo escolar, como tantas otras veces no alcanzaron en tiempo, en personas, en acciones, en redes.
    Entonces buscando palabras llegué a que el antónimo de apoyo es DESAMPARO ABANDONO. Entonces vuelvo al punto de partida y siento que volvemos a reproducir lo mismo que queríamos evitar. Pero peor, porque se lo mostramos, tal vez hicimos visible algo que había naturalizado para poder sobrevivir, pero volvimos a ejercer el abandono, el desamparo. Una vez más.

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