Un delicado equilibrio

Transitamos tiempos a donde todo parece vivirse dentro de extremos. Para quienes tenemos la responsabilidad de educar, resulta muy difícil movernos entre situaciones que no logramos comprender. Algunos optan sencillamente por callar para evitar el conflicto o tener que comprometer una posición. Otros nos sentimos incómodos porque no estamos en un extremo ni en otro, pero también porque estamos convencidos de que esas posiciones no permiten educar el sentido crítico.

Voy a poner el problema que hoy veo en ejemplos. Como docente, siempre tomé la decisión de enseñar diversos enfoques acerca de un mismo contenido, alentando a mis alumnos a tomar posiciones fundamentadas para elegir cualquiera de ellos. En este camino, se trata de declarar la posición propia como opinión sin que ello implique presentar “verdades absolutas”, aunque sí argumentos y aportar experiencia. Afortunadamente, mis estudiantes toman posiciones que no coinciden del todo con la mía generando interesantísimos debates y logrando así una formación en el contenido con sustento argumentativo.

Lo que hoy observo con enorme preocupación es la vuelta de la tendencia a la “transmisión de verdades absolutas”. Con ella ha llegado la postura de invalidar al otro en todo lo que diga por el sólo hecho de visualizarlo como un “enemigo” que no amerita ser ni siquiera escuchado. ¿Cómo podemos construir conocimiento de este modo, eliminando todo debate? Lo peor de esta tendencia es que aparece con fuerza de agresión, como imposición soberbia y ataque hacia el otro. ¿Qué podemos enseñar o aprender en este escenario? ¿Qué podrán aprender nuestros alumnos de esta situación que sólo tensiona violencias de diferente tipo?

Es muy importante que quien enseña asuma su posición frente al conocimiento porque la neutralidad en él no existe. Sabiendo el pensamiento del otro es posible refutarlo; imponiendo las creencias de unos sobre otros no. ¿Pero por qué es importante lograr el desarrollo del pensamiento crítico y fundamentado desde la más temprana educación? Empecemos porque las relaciones entre lenguaje y pensamiento resultan pilares fundamentales del desarrollo como bien lo investigaron y demostraron hace tantos años referentes como Lev Vigotsky y Basil Bernstein. La argumentación; la fundamentación; el intercambio; el debate; la construcción del discurso son bases indispensables por ejemplo entre otras tantas cosas de la nunca bien ponderada “comprensión de textos”, que suele abordarse escolarmente de manera lineal y contraproducente para sus fines.

¿Por qué tanto temor a que en las aulas se manifiesten ideas disímiles? ¿Por la intolerancia social al respecto? Molesta que los docentes defendamos nuestro trabajo. Molesta que los directivos tengamos opinión y posición tomada sobre algunos temas. Molesta el pensamiento diferente.

La escuela tiene la misión de ampliar los horizontes de quienes educa, no de reproducir la realidad como un designio. Veo cómo se instala una suerte de “caza de brujas” a donde los docentes –objeto de todo tipo de cuestionamiento por estos días- son perseguidos por expresar una opinión y en muchos casos se ven censurados de antemano por algunos pares temerosos de las represalias que se puedan generar. A modo de censura y autocensura asistimos a una etapa en donde se busca acallar voces en el marco de un clima de crispación a donde aparecen “sospechosos de pensar” de manera autónoma. Los primeros que llaman a silencio son muchas veces los funcionarios con responsabilidad política en el sector educativo.

Si queremos avanzar realmente y superar esta etapa de extremos que sólo logran paralizar los aprendizajes y dogmatizar enseñanzas, tendremos que comenzar a encontrar un equilibrio y deconstruir este clima de desconfianza. Esa suerte de ambiente a donde se mide al/a la otro/a de antemano sin poder llegar a una escucha verdadera; eso que se vive de permanente etiquetamiento y “escrache” del que tenemos enfrente.

La enseñanza es debate, es acción, es movimiento de las ideas. La imposición o la mera transmisión de información o posiciones -que no admite discusión alguna- representa el fracaso de la educación tal como ha sido demostrado a lo largo del último siglo por numerosas investigaciones y evaluaciones. Para poder debatir hay que aprender a escucharse. Para poder escucharse hay que aprender a respetar. Para aprender a respetar, la escuela trabaja múltiples contenidos actitudinales y valores que cada vez cuesta más enseñar cuando la sociedad se empecina es mostrar su cara más intolerante a cada paso. Para poder lograr un debate honesto es necesario explicitar la posición desde donde cada uno/a parte.

A los educadores no nos asusta enseñar para transformar la realidad. El problema es que podamos estar de acuerdo en los principios esenciales para lograrlo y que logremos concertar finalidades y estrategias comunes para sostener el desarrollo de un pensamiento autónomo y crítico en la escuela. Lo que creo que no podremos aceptar es deponer estas banderas mínimas que resultan los cimientos de una educación para la vida democrática.

No podemos educar sin la confianza básica entre escuela y familias que parece hoy estar quebrada por discursos alimentados por grupos ajenos con intereses mezquinos. Tendremos que estar lo suficientemente atentos para no entrar en un juego que otros crearon y trabajar juntos para crear condiciones diferentes si queremos que este clima se revierta de aquí a unos años, si realmente queremos que la educación mejore. Lo que resulta claro, es que con esta atmósfera enrarecida no seremos capaces de lograrlo sin modificar las condiciones esenciales.

Volvamos a lo esencial: retomemos la escucha y el respeto por la diferencia. Pero todos, hagamos un compromiso real para poder lograr este delicado equilibrio y retomar algunas de las funciones esenciales de la escuela como la formación ciudadana. Abramos espacios, reflexionemos entre pares, sumemos a las familias. Necesitamos construir una opción posible para esta encerrona en la que nos metieron y que pareciera hoy no tener salida. Puede que no nos gusten las ideas del otro, pero intercambiemos posiciones y argumentemos, desde la convicción de que todos seremos capaces de mover en algo nuestro pensamiento, con convicciones pero sin fanatismos.

Quizás los que somos docentes tengamos la responsabilidad de la iniciativa en este sentido, aunque después dependerá de todos poder sostenerlo.

Créditos imagen: Rachel Caiano. Equilibrio. Fuente: Flickr.
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