De eso no se habla

Hay algunos temas entre los docentes que a veces preferimos no tocar. Sin embargo en algunos contextos es necesario hacerlo para poner nuestras voces en escena y no dejar que otros que no comprenden la problemática docente, lo hagan por nosotros. Hoy voy a hablar del tema de “salir del aula”. No me refiero a salir un rato, sino a dar el salto hacia otras actividades que no sean la de enseñar estrictamente.

En el imaginario social por ejemplo, cuando algunas familias ven una maestra de nivel inicial de 50 años aproximadamente a cargo de sala, ya les trae sospechas. He escuchado muchas veces decir “¿no está grande para esto?”. Y lo he escuchado quizás tantas veces como opinar que “la gente joven es la que viene de mano del cambio y la renovación pedagógica”. En lo personal, no creo que ninguna de estas dos afirmaciones tengan asidero, y me gustaría analizar qué cuestiones llevan a la necesidad de dejar de estar frente a un grupo. En un momento a donde se rumorea la suba de la edad jubilatoria, no me parece que este tema resulte menor. De allí que algunos sistemas de jubilación como el de la Provincia de Buenos Aires por ejemplo establezcan que los 25 años de trabajo docente son el requerimiento para la jubilación, independientemente de la edad que se tenga. Muchos años en el aula, sin dudas, producen un enorme desgaste.

No puedo entrar en este tema sin insistir sobre otro del cual vengo hablando sistemáticamente: las condiciones de trabajo docente. La realidad sería diferente si los docentes de nuestro país no tuvieran un paupérrimo salario que cada vez pierde más su poder adquisitivo y si quienes viven de su profesión no fueran obligados a correr entre turnos para sobrellevar los gastos familiares. Con este panorama, el debate acerca de cuándo, cómo y en qué condiciones salir del aula cobra otro sentido. Todos sabemos que no es lo mismo lo que puede darse en un aula estando a cargo de un grupo un turno al día que tres, sobre todo si consideramos el trabajo a cargo de niños pequeños.

La demanda constante que se produce cuando se trabaja con niños y jóvenes puede agobiar al ser más paciente del mundo, pero además la complejidad de la vida que ellos atraviesan hoy hace mucho más difícil el poder acompañar y contener sin un costo emocional altísimo para docentes y directivos. ¿Cuánto y cómo se puede soportar “poner el cuerpo” todos los días ante estas situaciones? Hablo obviamente de aquellos docentes que se comprometen con su tarea, no de los que pasan por su trabajo como si todo diera igual (que claramente los hay). ¿Está mal reconocer que hay un tiempo para llevar adelante bien esta actividad pero que en un momento se agota? Por supuesto que no es igual para todos y estamos haciendo aquí una generalización, pero la propongo a modo de reflexión acerca del tema.

Lo primero que hay que decir con contundencia es que si los tiempos escolares no fueran tan tremendamente exigidos y los espacios de desarrollo profesionales estuvieran contemplados como parte reconocida del trabajo docente, asistiríamos a un panorama mucho más propicio que el actual.

Dar clase todos los días produce cansancio físico y emocional. Sobre lo físico es tal vez de lo que sí se permite hablar: la voz; el estar parado mucho tiempo; el impacto de los ruidos permanentes; etc. Sobre lo emocional queda un enorme vacío: se habla de “licencias psiquiátricas”, pero no se habla de todo aquello que ralea y desgasta en términos afectivos -sin llegar a ese punto de una licencia de este tipo- pero que indudablemente nos afecta. Si le sumamos el nivel de maltrato social alentado hoy por los medios al que viene siendo sometida la docencia en los últimos tiempos, el desgaste se incrementa drámaticamente. En un escenario como el que acabo de presentar, parece al menos lícito que muchos quieran “salir del aula”. ¿Sin embargo… se trata de huir a cualquier precio?

Otro tema que se nos impone entonces y del que cuesta hablar es el de la carrera docente. Como las pocas propuestas que existen al respecto suelen ser las de carácter tecnocrático, se tiende a obviar este tema en la agenda de la discusión. Sobre este punto creo que nos debemos un análisis profundo y la elaboración de una propuesta concreta consensuada que pueda presentarse en ámbitos legislativos para su debate y aprobación.

La imposibilidad de pensar una carrera docente que no sea hacia los cargos directivos exclusivamente no sólo atenta contra el crecimiento profesional sino también contra el perfil y las ganas de quienes ocupan efectivamente esos cargos de conducción. Con esto quiero decir que, al presentarse como única alternativa al aula, muchos se vuelcan al cargo directivo sin estar realmente motivados y menos aún preparados o predispuestos a la gestión institucional. No sería justo cuestionarlos, en tanto y en cuanto no existen otras alternativas posibles, pero al menos debemos saber que no resultará lo suficientemente útil para el sistema ni será lo suficientemente reconfortante en términos del crecimiento para quien elija este camino a regañadientes.

Hablar de carrera docente implicaría pensar también por ejemplo la posibilidad de que docentes con experiencia orienten a docentes noveles tutorizando su tarea frente al grupo. Otra vertiente, a la que ya ha hecho referencia con mucha claridad Manuel Becerra en su artículo “Un CONICET pedagógico: una propuesta para jerarquizar la docencia”, tiene que ver con la actividad de investigación de y para el aula. Cuando se trata de pensar en cambios educativos, la imposibilidad de contar con este tipo de investigaciones acota los resultados a algunas de neto corte académico pero que nunca logran impactar en el día a día del aula. Una más entre tantas alternativas es la de conformación de parejas pedagógicas, que sólo podría hacerse efectiva si existiera la convergencia de tiempos y espacios entre docentes, lo que nos vuelve a remitir a las condiciones de trabajo. En resumen, éstas y otras opciones profesionalizantes seguramente harían mermar la cantidad de docentes que buscan dar el salto fuera del aula por no encontrar caminos posibles ante el enorme agobio que sienten por su tarea.

Mucho se dice sobre “la vocación docente”, esa supuesta varita mágica con la que unos pocos han sido aparentemente tocados mientras que otros parece que no. Sin embargo, no se trata de quienes vienen dotados con ese designio sino de detenerse a pensar en qué condiciones se desarrolla hoy la profesión docente en Argentina y qué cuestiones se suscitan en un aula como para que, con legitimidad, muchos docentes estén más motivados a salirse de ella que para planear el crecimiento en su carrera.

Cuando algunos docentes ven como un castigo volver a las aulas luego de una licencia por ejemplo, habrá que pensar qué es mejor: si que continúen adentro de ellas sin la motivación y la paciencia requeridas, o si la mejor ecuación resulta aprovechar aquello en lo que son realmente buenos y puedan aportar. Por supuesto esto no aplicaría a la totalidad de los casos, pero de seguro aportaría solución para la mayoría. Claro: eso implica invertir y revalorizar la carrera docente. ¿Estarán dispuestos a hacerlo los políticos que se llenan la boca con el discurso de la mejora de la calidad de la educación?

Por último, me parece que es momento para que seamos los docentes quienes pongamos las palabras sobre este tema. Mientras esperamos distraídos, otros pueden venir a instalarlo con un discurso que ya hemos visto por qué lado viene. Lo mejor en estos casos, es anticiparse y tener nuestras propias agenda y propuesta preparadas para el debate.

Créditos imagen: Gabriel Aranda Tobar, Silencio. Fuente: Flickr.
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