¿La revolución de las alumnas? Feminismo y sororidad sacuden la escuela

Resulta verdaderamente impresionante el sacudón social que se está produciendo sobre el replanteo del lugar de las mujeres, que ha tomado mayor visibilidad en nuestro país a través del debate sobre el aborto legal. “-Ahora que estamos todas, ahora que sí nos ven”.

Como vienen sosteniendo varias especialistas, la agenda feminista es la que ha traccionado, impulsado y sostenido este debate que ha tomado una forma más que interesante en lo que se ha dado en llamar “la revolución de las hijas” (Peker, 2018). ¿Esta revolución de las hijas es también la “revolución de las alumnas”? ¿Qué nos pasa en las escuelas con este tema?

Las instituciones educativas son ámbitos en donde las mujeres tenemos un predominio indiscutido. Tal vez por eso, deberíamos comenzar a pensar que este tema requiere un tratamiento particular y nos obliga a formarnos y a repensar nuestras formas de relación y nuestras prácticas, al punto de revisar los vínculos y la comunicación. Como dije hace poco tiempo, la agenda ESI estalla en las escuelas y tanto docentes como directivos nos vemos en la necesidad de estudiar cómo abordarla.

He escuchado a muchos/as colegas decir que “se trata de una moda” y “que ya se pasará”. Creo que nada más lejos de esta lectura pero que además esta visión nos posiciona muy mal para salir a tratar el tema. El empoderamiento de las mujeres -calladas y sumisas por años y años-, irrumpe con fuerza dentro y fuera de las aulas con forma de denuncia. Cuando la voz ha sido callada por tanto tiempo, busca imponerse a la fuerza como sale. Así es como por ejemplo proliferan los “escraches” en las redes (o “escrachos al macho” como algunas los denominan). Esta modalidad cambia las formas de relación entre jóvenes, impactando fuertemente en lo cotidiano de las escuelas: los relaciones sociales; las formas de dialogar y escucharse; la necesidad de contar con orientación y ayuda a veces específica para situaciones traumáticas muy arraigadas. No se puede negar una realidad que ya existe y está instalada. No se puede eludir el compromiso de educar ante los problemas que atraviesan lo más elemental. ¿Estamos tomando este tema en las escuelas con la seriedad que requiere?

Todos los días leo en las redes historias de mujeres jóvenes que se animan a contar cómo fueron maltratadas, humilladas y violentadas por hombres durante mucho tiempo y cómo esto ha afectado su autoestima, su valoración y su posibilidad de seguir adelante en la vida. La construcción de la “sororidad” ha permitido juntar esa fuerza que solas no tenían y hacer frente a las historias propias y las de sus pares. Las mujeres empezamos a sentirnos finalmente como un colectivo a donde nos vemos reflejadas en nuestras necesidades y en el cual las más jóvenes han sido de algún modo las guías en este proceso de “sacarse el velo”. Las más grandes también hemos transitado seguramente esas historias, pero nos vimos obligadas a afrontarlas en soledad o con un “sálvese quien pueda”. Con las herramientas que cada una traía hemos hecho lo que podíamos. Sin embargo, ahora se siente la fuerza del colectivo que lucha y tracciona unido.

¿Qué pasa cuando actuamos en las escuelas frente a esta nueva realidad que se impone? Lo que solemos observar es que cada adulto/a de la institución responde desde sus valores y desde su más absoluto sentido común. ¿Alcanza con esto? ¿Nos ayuda a afrontar la nueva agenda? Creo que no sólo nos queda corto sino que además nos interpela en nuestros propios prejuicios e inseguridades. Las mujeres más grandes tenemos muy internalizados los modelos patriarcales y los hemos naturalizado al punto de creer que esa es la única forma de entender las relaciones. ¿Nos hacemos los espacios necesarios para revisarlos?

Va a ser difícil educar a esta generación de mujeres valientes, empoderadas, atentas, si no cambiamos el ángulo desde el que miramos los temas que nos van planteando. Nada decepciona más a nuestras alumnas que sentir que en un ambiente eminentemente femenino como las escuelas, es donde menos escucha y comprensión encuentran.  En el 2015, cuando estos temas aún no se vislumbraban tan claro, escribí algo sobre lo femenino en la educación sorprendida al ver la escasa representación gremial de las mujeres en los sindicatos docentes. Sin dudas me quedé muy corta. Ni siquiera intuía todo este proceso histórico al que asistimos tan sólo 3 años después.

Claro que no se trata solamente de algo que nos compromete a las mujeres a mirar, escuchar y entender todo de otra manera, sino que corre el eje sobre el lugar de los varones dentro de las instituciones al tiempo que introduce también la perspectiva de género. Si algo que le resultó funcional siempre a la escuela fue moverse dentro del esquema binario. ¿Cómo y por dónde empezar hoy a trascenderlo? ¿Estamos preparados/as para hacerlo?

Creo que nos falta aún aprender muchas cosas acerca de estos temas pero por sobre todo me parece que nos debemos espacios de discusión a donde seamos capaces de poner sobre la mesa nuestros prejuicios y desandarlos. Como toca aspectos muy profundos de la historia personal, no será nada fácil lograr este salto. Lo cierto es que no podremos esperar a que las/os más jóvenes sean quienes se tiren a la pileta en soledad. Es nuestra responsabilidad al menos acompañar estas situaciones sin entorpecer con nuestros pre conceptos y aceptando que probablemente las resoluciones vengan de la mano de quienes han logrado generar esta nueva agenda y no de quienes aún estamos aprendiendo a conocerla y entenderla.

Muchos/as de quienes actúan en el campo educativo ven todavía esto que aquí planteo como una “pavada” o como “temas menores”, ni hablar cuando se trata de los funcionarios que tienen a su cargo la toma de decisiones sobre el sistema. Sin embargo lo que vivimos cada día en las escuelas da cuenta exactamente de lo contrario y muchas veces se impone con más crudeza, como lo que plantea Manuel Becerra en su nota “Y Ud., profe, ¿qué opina sobre el aborto?”, que recomiendo leer para dejar de mirar hacia otro lado. No hablamos sólo del tejido urbano/suburbano sino de las realidades complejas que aparecen hoy en las escuelas medias pero que cada vez se extienden más sobre las escuelas primarias.

Cuando hablamos de Educación Sexual Integral, tenemos que afrontar que se compone no sólo de éstos contenidos sino de muchos otros que desconocemos y sobre los cuales docentes, madres y padres tenemos una escasa formación (y aún menor reflexión).

Tal vez lo que haya comenzado a mover el avispero haya sido el debate sobre el lenguaje inclusivo o el aborto legal, como la punta de un iceberg. ¿Nos animaremos a más?

 

 

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