El circo tecnológico

Si hay algo que caracteriza el discurso oficial sobre el cambio educativo, es que dos de cada tres palabras hacen alusión a la tecnología, a un futuro que no se conoce y a cómo esto justifica arrasar con todo lo preexistente.

Afirmaciones típicas como “hoy se aprende de forma colaborativa”, que nadie podría rebatir, o que los alumnos “son sujetos activos”, – que existen desde que la Escuela Nueva comenzó a cuestionar la enseñanza tradicional a principios del siglo XX – no traen más que olor a naftalina y sin embargo se presentan como sustento de las declaraciones que escuchamos asociadas a un alto contenido tecnofílico.

En la Ciudad de Buenos Aires la Ministra de Educación Soledad Acuña escribió por ejemplo hace pocos días una columna a donde dijo:

“La irrupción de las tecnologías de la comunicación y la información en el sistema educativo es tan compleja e importante que es necesario asumirla, analizarla y darle el enfoque correcto, principalmente al momento de definir políticas públicas, considerando que son los docentes los que motivan, orientan e impulsan el proceso de aprendizaje.”

¿Cuál sería el “enfoque correcto” al que hace mención?

Veamos las decisiones de su gestión. Pareciera que sus afirmaciones se basan en que hay que adquirir “chiches tecnológicos” varios. La inversión que han hecho en la compra de aparatología para las instituciones no observa correlato con propuestas pedagógicas. Tomemos por caso el mentado proyecto de la “Secundaria del Futuro”  y analicemos el sentido de las adquisiciones que se han realizado:

  • Proyectores para las aulas: podríamos considerarlo tal vez más de lo más acertado. Claro que faltó establecer algún puente con la realidad de las instituciones para prevenir situaciones hasta tragicómicas como la que ilustran las fotografía, a donde no se calculó que el equipamiento requería de conexión por cable a las computadoras. O a donde no se calculó la altura a donde proyectan.

  • 1 dron por escuela: nadie a ciencia cierta cuál sería la finalidad, sobre todo considerando que no tiene ni siquiera cámara que podría ser bien utilizada en el registro y difusión de experiencias. Tal es el desconcierto que duermen desde hace 6 meses en armarios perfectamente cerrados. Juguete caro para no estar considerado de manera alguna en ningún espacio curricular ni ofrecer lo mínimo para aportar algo a la enseñanza.
  • 1 impresora 3D: fantástica herramienta, pero si funcionara y contáramos en las escuelas con los insumos para usarlas. Llegaron con una cuota limitada de filamento material para imprimir. El primero te lo regalan, el segundo te lo venden. Una vez que se agote la dotación inicial, habrá que ver con qué recursos la escuela puede adquirir más. O dejar “dormir” a la impresora.
  • Kits de  robótica: 2 Makeblock, un dron airblock, 4 Kits Arduino, con sensores motores y ruedas, y  2 placas Raspberry Pi. Maravillosos. Cabría preguntarse cuáles son los espacios curriculares a donde se aspira que sean utilizados. No parece haber un correlato entre la propuesta curricular y esta dotación. Sobre todo considerando que no hay ninguno a donde podamos llevar a cabo la enseñanza de la programación de manera regular y no dependiendo de voluntades personales.
  • 10 tablets Android: ¡Aleluya hermanos! Al fin algo útil. Aunque de más está decir que tenemos 30 alumnos/as por curso por lo que deberían usar 1 cada 3, lo que más que trabajo colaborativo podría constituirse en una larga espera para llegar a programar algo. En el caso de pensar en la tablet para preceptor/a para tomar asistencia en cada curso, con aplicación en línea para hacerlo, hay que considerar que adquirir un equipamiento como éste para este nivel de subutilización resulta al menos un absurdo, por no decir un despropósito. Existiendo el registro de asistencia que históricamente ha cumplido una función en el seguimiento del presentismo, no se entiende qué puede sumar a la práctica pedagógica. Máxime considerando que Internet prácticamente no funciona y entonces la carga en “la nube” resulta casi una odisea.
  • 3 carros con 20 netbooks alumno en cada carro y 5 extra para docentes en un sólo carro. Volvemos… ¿cuántos alumnos hay por curso? 28-30 promedio. ¿Cuántos docentes? ¿Cómo hacemos para que se utilicen al mismo tiempo con un mismo grupo?
  • 1 pantalla digital interactiva (PDI) y 5 computadoras de escritorio potenciadas que cuentan con plaqueta de vídeo, varias de las cuales no funcionan. Interesante dotación, pero que se ubica en un lugar denominado “Espacio digital” a donde se requeriría plantear un sistema de turnos y una organización muy compleja para dar respuesta a la cantidad de alumnos y docentes con que cuenta cada institución, que aún tiene un horario estructurado a imagen y semejanza de lo que era el nuestro cuando íbamos a la escuela. Hasta ahora la pantalla se utiliza como gran pantalla, requerida más para ver los partidos del Mundial que para otra cosa. Lo de “interactiva” te la debo.
  • Asignación de 1 facilitador/a que acompaña el proceso de trabajo con la tecnología: por fin una decisión acertada! Alguien que trabaje con el equipo docente! Eso sí: no podemos pedirle que hagan magia con el resto de las condiciones que se mantiene en las instituciones (espacios, horarios, tiempos, sobrecarga de tareas para los docentes, falta de Internet, etc.). Hasta ahora cumplen el rol de cargar la información que pide la administración central más que el de acompañar al equipo docente en el diseño de propuestas y estrategias.

A medio año de la experiencia, sería interesante relevar el uso que se le ha podido dar a todo esto. Al menos en un rastreo informal por la mitad de las instituciones que lo tienen, pude confirmar que la subutilización está más que confirmada. ¿Se va a culpar nuevamente a los docentes y a las instituciones por esto? ¿De qué relación entre la escuela y la tecnología hablamos entonces?

Hemos dicho reiteradamente que de nada sirve la dotación de equipamiento “porque sí” cuando no se piensa su adquisición al servicio de propuestas pedagógicas reales. Eso que Alejandro Artopoulos ha dado en llamar “solucionismo tecnológico” y que conlleva como riesgo la “uberización” de la educación, que sin dudas es lo que estamos atravesando. Tal vez en este momento lo peor sea el hecho de dilapidar recursos en contextos de crisis, porque esto profundiza aún más no sólo los problemas de la educación.

¿Para qué adquirir todo ese equipamiento cuando no se cambia la estructura organizacional de la escuela ni se toca la matriz que hace a las condiciones de trabajo de los profesores? ¿A qué conduce este sobre-equipamiento en las instituciones educativas? Al fin y al cabo, la administración carga las tintas más sobre la seguridad de su resguardo que sobre su uso. Hay más énfasis burocrático puesto en qué hacer ante un faltante o una rotura que ante la acción pedagógica. ¿Cuál es entonces el sentido de su incorporación a las escuelas?

Si bien es cierto que podríamos decir que sin los recursos no se puede trabajar, estamos ante una importante falla en el establecimiento de las prioridades. Mientras que se realizó una fenomenal inversión en la Ciudad de Buenos Aires para conectar las escuelas a una fibra óptica, aún no logramos que Internet funcione de manera estable y cuando lo hace es con escaso ancho de banda.

Como si esto fuera poco, mientras el discurso de promoción de las tecnologías habla por ejemplo de la relevancia de utilizar los dispositivos que tienen alumnos y profesores como los celulares, las redes que se instalaron bloquean su utilización “para no sobrecargar el ancho de banda”. También se analiza el tráfico como una especie de panóptico central, a donde se observa la cantidad de celulares conectados y las aplicaciones a las que acceden. Eso sí: mientras tanto en las aulas aún asistimos al “decomiso de celulares” para poder utilizar la poca Internet que hay en el marco de una clase. ¿Entonces tenemos en las escuelas una Internet inaccesible y censurada?

Un dato de color: hay una red creada para los equipos de conducción que bloquea los celulares. En mi escuela, que ocupa una manzana completa y los directivos vamos y venimos el día entero entre 2 edificios, no podemos conectarnos a Internet por nuestros dispositivos por lo que vivimos de nuestro paquete de datos personales. Así también lo hace la mayoría de los docentes. ¿No es más eficiente pagarle a cada docente un paquete de datos para su dispositivo?

Los mensajes contradictorios sobre el uso de la tecnología y la imposibilidad real de acceder a la más básica dentro de la escuela – el acceso a Internet con un Wi-Fi abierto – nos pone en la extraña posición de tener que “regular” el tráfico de Internet al mismo tiempo que promover el uso de los “chiches tecnológicos”.

Suponer que comprar aparatología es lo que va a producir mágicamente un cambio educativo, para luego atribuirle a docentes y directivos tal como “profecía autocumplida” el fracaso del fenómeno, sólo puede pensarse en dos líneas: porque se tiene un profundo desconocimiento sobre cómo opera el sistema educativo, o porque se busca intencionalmente cargar las tintas del fracaso a quienes cotidianamente sostienen el trabajo en las escuelas.

No se trata de “resistencias” sino de realidades y contextos. No se trata de oposición per se cuando todo da cuenta de que se elude permanentemente el pensar la escuela con sus propios protagonistas. No se trata de criticar por criticar: se intenta dar un sentido pedagógico a las acciones educativas.

La inversión en recursos siempre es bienvenida cuando responde a las necesidades y prioridades del sistema y cuando se piensa con quienes llevan adelante las experiencias pedagógicas. Todo lo demás, no deja de ser una acción más de marketing de los gobiernos de turno. De seguro, el cambio en la educación no va a venir por ahí. 

 

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3 comentarios

  1. Reblogueó esto en Hefestos en la Escuelay comentado:
    Interesante artículo de Débora Kozak, en su espacio “Pensar la Escuela”. Claramente la incorporación de elementos tecnológicos sin re-pensar el para que, en que contextos, como, entre otras interpelaciones posibles, solo es un maquillaje. Un hacer como si o bien un gran negocio con la educación.

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