Son aquellas pequeñas cosas…

Quién no se acuerda de esa bellísima canción que interpretó Joan Manuel Serrat… Hace un buen tiempo escribí una entrada que se llamó “Las pequeñas cosas que hacen que la escuela no cambie”. Hoy quiero ahondar y profundizar sobre esta línea, porque cada día observo cuán lejano se hace el horizonte del cambio educativo mientras se perpetúan algunas formas dentro de la escuela.

La primera reflexión que tengo que hacer tiene que ver con el rol que hoy me toca desempeñar: el de los equipos de conducción. Mientras quienes están a cargo de las gestiones político-educativas declaman sin pisar escuela alguna, que los cambios no suceden por una mera decisión personal de los docentes – que parece que somos incapaces de llevar adelante las fantásticas ideas (o falta de ellas) que se les ocurren desde un escritorio -, las escuelas están atiborradas de emergencias extremadamente alejadas de lo estrictamente pedagógico o académico.

Llevo tiempo tratando de volver a escribir, pero mi vida cotidiana transcurre entre ver cómo solucionar la pérdida de gas; las goteras; el ascensor que no funciona para los alumnos discapacitados; la desratización; la falta de espacio para las actividades de enseñanza; las situaciones de extrema gravedad social entre las familias; la violencia; etc. No los voy a agobiar con lo que todos quienes pisan una escuela pública ya saben, pero es necesario volverle a decir a quienes toman las decisiones políticas, que gestionar calidad en una escuela requiere de tiempos y espacios que no se tienen cuando escasas tres personas intentan tapar todo el día los agujeros del bote para que no se hunda.

Muchos se sorprenden cuando les cuento que en la Ciudad de Buenos Aires existen escuelas como la que estoy a cargo en este momento, que tienen 4 niveles (inicial, primario, medio y superior) que funcionan en 3 turnos (mañana, tarde y noche) para las cuales sólo 3 personas tenemos cargos directivos de 5 hs diarias, y debemos turnarnos para cubrir la totalidad de la grilla horaria semanal. Sí: como leyeron, 5 hs diarias para hacernos cargo de toda esa estructura. Y un salario directamente proporcional a la escasez de tiempo, casi equivalente a dar la misma cantidad de hs de clase. Pero Ministros, Secretarios y Directores de jurisdicción se rasgan las vestiduras con el discurso de la calidad y la “revolución educativa”.

Como si esto fuera poco, como somos personas muy tosudas y persistentes, quienes nos postulamos a cargos directivos nos queremos ocupar de lo pedagógico así que contra viento y marea – y excediendo obviamente mucho nuestras horas reconocidas de trabajo -, nos metemos en las problemáticas que atañen a la enseñanza y el aprendizaje, para las cuales se supone que hemos sido formados.

Cuando llegamos a lo pedagógico, nos encontramos con otro fenómeno que más que piedra en el camino es una montaña entera: la burocracia del sistema. Todos sabemos que en la escuela pública existen arraigadas prácticas que legitiman que los peores docentes se perpetúen en sus cargos y los mejores nunca sean reconocidos de modo alguno. Tanto hablar en los últimos tiempos de meritocracia, pero cuando un profesor se desempeña mal no contamos prácticamente con herramienta alguna que nos permita accionar protegiendo a los alumnos. Por supuesto que intervenimos con todo lo que tenemos a la mano, pero sabiendo que al final siempre “el sistema” nos dejará a quienes conducimos en riesgo y reconocerá positivamente a quienes actuaron mal. La autonomía para la toma de decisiones en este sentido es prácticamente inexistente en el marco de las escuelas, así que no nos queda otra que intentar “la persuasión”. ¿Es posible cambiar la forma de pensar a un docente que actúa de manera autoritaria, discrecional, agresiva, etc.? Claramente muy difícil.

Y cuando me refiero a estas cuestiones hablo lisa y llanamente de quienes piensan que sus alumnos sos seres inferiores, maleducados, irreverentes, etc. que deben ser aleccionados mediante el sistema de calificaciones; única herramienta de ejercicio de poder que estos docentes sienten que les queda. Pero en el medio, no hay cómo remontar una relación pedagógica que permita que se produzca un mínimo de enseñanza o de aprendizaje.

El núcleo más crítico es sin duda el nivel secundario[1]. Todos los días veo alguna situación que me lleva a pensar por qué X docente se dedicó a esta profesión si se observa en él tanto desprecio por los adolescentes. Es imposible pensar un cambio cuando lo más elemental y básico no está: ¡el vínculo! Pero debo decir que si bien estos son los casos que sobresalen, están todos los demás profesores que sí generan aprendizajes; que contienen; que están presentes para sus alumnos; a quienes prácticamente no es posible acompañar o reconocer porque la vida escolar cotidiana no da espacio para esto. Y claro que por suerte son la mayoría invisible, ¿pero es justo que pasen desapercibidos por el sistema?.

Me queda otro punto clave dentro de estas invisibilización: los chicos y sus familias. Las problemáticas que atraviesan desde lo social y lo personal, en un contexto a donde no hay dónde recurrir muchas veces para que los acompañen, hace que la escuela sea el único lugar a donde estas cuestiones tengan un espacio. Y estoy cansada de escuchar decir “que la escuela tiene que recuperar el espacio de la enseñanza”, porque les recuerdo a quienes sostienen esta frase que no hay aprendizaje posible cuando los factores emocionales lo obstaculizan. Así que el discurso es muy lindo, pero hay que arremangarse ante los casos de familias en situación de calle; violencia doméstica; chicos que sólo comen cuando van a la escuela y todo lo que podría enumerar.

Que quede claro que no estoy diciendo que la escuela deba dejar lo pedagógico, nunca podría pensar eso. Pero ignorar todo esto esperando que algún “Mesías” se haga cargo cuando sabemos que eso no sucederá, es dejar a los más pequeños absolutamente desprotegidos. Son falsas opciones las de “la escuela para venir a comer/la escuela para enseñar”, porque la realidad nos muestra a las claras que nadie puede aprender si no está alimentado. ¿Esto quiere decir que la escuela no puede ocuparse de su función esencial? De ningún modo. Pero sí significa que necesita ocuparse de todas estas cuestiones en paralelo. ¿Quién nos prepara para trabajar como docentes ante estas situaciones? ¿Cómo puede un docente enseñar si en su aula se suscitan cotidianamente situaciones de violencia?

¿Qué hacen nuestros funcionarios para asistir a docentes y equipos de conducción en estas tareas que deben desempeñar? Por lo que veo en los discursos últimamente, sólo poner en tela de juicio nuestro trabajo y catalogarlo como “resistente al cambio”. ¿De qué cambio estamos hablando?

Sé positivamente que el cambio pedagógico es posible, pero también sé que requiere de condiciones, escenarios y decisiones políticas que no veo. Desde el ABC lo puedo corroborar cuando por ejemplo quienes creen que el cambio es introducir la tecnología en la enseñanza no nos dotan de una conexión a Internet esencial y que funcione, y menos aún de un soporte técnico. Y cito este ejemplo sencillamente porque da cuenta empíricamente de la profunda contradicción entre los discursos políticos “innovadores” y las decisiones que (no) se toman.

¿Cómo podemos lograr un cambio entonces? Empecemos dando autonomía y desburocratizando a las escuelas. Si “el sistema” no es capaz de responder, por lo menos dejen actuar sin poner permanentes palos en la rueda. Dejen de sumar burocracia absurda de planillas remitidas a quichicientas personas de manera diaria sobre cosas que no tienen ningún impacto sobre la escuela. Dejen que usemos el tiempo en las cosas necesarias para nosotros y no en lo que opinan los funcionarios que no van nunca a ver qué pasa. Acompañando los discursos más eficientistas vemos prácticas que ningún “CEO” de empresa soportaría un segundo. ¿Contradictorio no? Donde reclaman eficiencia, sólo agregan más burocracia.

El cambio es posible: si se generan las condiciones para hacerlo. Reconozcan el trabajo; jerarquicen definitivamente a los equipos de conducción que cargamos con la responsabilidad más absoluta sobre las cosas que no podemos de decidir. Permitan diferenciar la tarea de quienes se desloman dentro y fuera de las escuelas por sus alumnos de la de quienes no quieren trabajar: dejen de poner a todos en la misma bolsa. Den a los docentes formación y herramientas para trabajar en contextos reales.

Se puede cambiar la escuela, pero no es una mera acción voluntaria e individual. Se puede cambiar si existe la decisión política para hacerlo y no sólo discursos rimbombantes que hacen agua al poner un pie en la escuela. Siempre me he considerado una buscadora de innovaciones y puedo tener toda la fuerza y la formación o hasta la voluntad de querer hacerlo, pero llega un punto a donde me topo con el límite del “sistema”. Ese sistema que hacemos entre todos, pero donde algunos tienen el poder de tomar las decisiones como yo lo tengo en mucha menor medida hoy dentro de la escuela. No hay excusas para no tomarlas, porque hasta en este marco los equipos de conducción en las escuelas lo hacemos. ¿Y los funcionarios? ¿Cuándo estarán a la altura?

Mis estudiantes de profesorado suelen preguntarme “si se puede cambiar el sistema”. Por convicción, siempre he pensado que sí. Pero hay que entenderlo como un campo de lucha, el cambio nunca será algo “gentil”.

Queremos y podemos producir el cambio, pero tiene que quedar claro que con estas condiciones las posibilidades son limitadas. Es hora de las respuestas políticas. Porque sino no lograremos trascender “aquellas pequeñas cosas”.

[1] Recomiendo especialmente la lectura del blog “Fue la pluma” de Manuel Becerra, para ahondar en la realidad del nivel secundario https://fuelapluma.wordpress.com/2016/06/16/revolucion-educativa-las-pelotas/

 

Créditos imagen: Bob M ~I Think He's Falling. Fuente: Flickr.
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2 comentarios

  1. […] Como la solicitud me causó muchas dudas, le pedí a la directora del nivel que me explicara un poco más el pedido y así fue que me contó que todos los años se regala a cada familia un CD cuyo sobre es decorado por los chicos, con una selección digitalizada de diferentes momentos de cada sala. Seguramente hasta aquí nada les sorprenda demasiado, pero yo tomé la decisión de no autorizar la compra, lo que desató un debate bien interesante. […]

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