¿Quiénes, cómo y cuándo se decide un cambio en la escuela?

Hace no mucho tiempo escribí algo sobre la necesidad de que la escuela sea pensada colectivamente. Estoy convencida de que es el mejor forma de trabajar, pero al mismo tiempo me encuentro siempre en la encrucijada de hasta dónde o hasta cuándo se esperan los procesos propios del cambio. Quiero decir: todos sabemos que en las instituciones existen quienes traccionan el cambio, la innovación, la mejora y quienes resisten estos procesos con todas sus fuerzas hasta el día en que se van de la escuela. Y en este escenario tengo muy presente que los destinatarios de nuestras acciones son los alumnos y las familias, quienes parecieran ser casi “víctimas” de lo que les toque en suerte.

En mi experiencia he visto siempre la clave en el rol del equipo de conducción: es quien orienta, redirecciona, propone nuevos rumbos y sigue lo que va sucediendo, siempre alerta de cuándo y cómo hay que intervenir. Pero así y todo, el desafío que afrontamos los directivos es que muchas veces trabajamos con quienes no quieren o pueden hacer ningún cambio o también con quienes pelean contra los que sí los impulsan. En este delicado equilibrio de fuerzas entre lo instituido y lo instituyente se dirime la posibilidad real de que algo nuevo pase. Pero hay que tener en cuenta esa vieja frase de “cuando se cierra la puerta del aula, cada uno hace lo que quiere”.

La tremenda duda que se presenta es hasta dónde se presiona, se deja o se impone el cambio. ¿Nos sentamos a esperar el logro de los consensos? ¿Trabajamos sólo con aquellos que queremos impulsarlo? ¿Obligamos a quienes no quieren transitarlo?

Tengo la sensación de que siempre eludimos estas preguntas incómodas porque resultan políticamente incorrectas. Todos tenemos muy afilado el discurso de que “los cambios son graduales”, “cada uno a su tiempo”, etc. ¿Pero los chicos pueden esperar a que los adultos responsables nos tomemos esos tiempos? En el medio transcurren su escolaridad muchas veces sufriendo o padeciendo cada día de sus vidas que se levantan para pasar 8 hs diarias adentro de nuestra escuela. ¿Es justo que ellos esperen a que nos tomemos nuestros tiempos?

Hay días en que me debato internamente muy fuerte sobre estos temas, porque soy muy respetuosa de las opiniones diferentes, de los intercambios, de los puntos de vista. ¿Pero quién toma entonces las decisiones en una escuela por los chicos? Tengo claro que hay cuestiones que requieren un límite, empezando por las situaciones de maltrato: ahí no hay nada que esperar. Digo esto porque escucho frecuentemente que “fulano de tal es un profe que está teniendo un mal año, tiene problemas personales”. Ok, perfecto, todos podemos tener un mal día o un mal año: ¿pero los chicos tienen que padecerlo todos los días? Por supuesto que haremos todo lo posible por acompañar a ese colega, a sabiendas de que con las condiciones de trabajo que vivimos es altamente probable que atravesemos situaciones así. Pero hay límites que protegen a quienes deben ser protegidos.

Me suelo sorprender con quienes viven por ejemplo a las familias como “querellantes” de la escuela. Si bien es cierto es que hay quienes actúan permanentemente de ese modo y a veces ni siquiera se entiende por qué quieren continuar en esa escuela si no le encuentran nada positivo, el diálogo con las familias es un punto esencial de la vida escolar para poder mejorar. Debo decir sin embargo que paradójicamente esto queda en el plano del deseo porque la organización escolar no está pensada para tener mucho espacio real para este diálogo. Docentes y directivos nos encontramos sobrepasados y sobre exigidos de tareas dentro y fuera del horario escolar. Por más que querramos muchas veces no tenemos el espacio para hacerlo. Si algo no se cambia en este sentido, es poco lo que podremos lograr para mejorar la relación con las familias.

Por este mismo motivo es tan importante muchas veces tomar posición para resguardar a los chicos. Dentro de la escuela somos los docentes y directivos los que tenemos que pensar qué cambios son necesarios para que los alumnos estén mejor no solamente en sus aprendizajes sino en su vida social y en lo inherente a lo emocional. Y si en este contexto hay colegas que no quieren o no pueden atender estos aspectos, ¿deberíamos dejarlo pasar?.

Puede resultar antipático presionar para el cambio de estrategias, actitudes y formas. Algunos hablan de “bajar línea” y ahí es donde nos debatimos entre cuánto de esto y cuánto de intentar lograr consensos. ¿Hay un término medio o no queda otra que imponer ciertas ideas? ¿Por qué puede ser cuestionable querer llevar a la práctica tus ideas en una escuela y sin embargo se ve bien que sobrevivan las de otros sobre todo cuando remiten a lo peor de la tradición escolar? Si la experiencia y la formación de cada docente nos ha llevado por caminos diferentes, ¿quién decide cuál es mejor de los caminos para los chicos? No creo que la respuesta sobre esto se encuentre en “lo que la mayoría decida” porque en muchas ocasiones es perpetuar más de lo mismo en un mal sentido. Tampoco creo que se trate de una lógica de “iluminados”, pero sí de tener los fundamentos. Si algo se hace de la misma manera desde hace mucho tiempo, para mí es un dato de que es necesario imprimir un cambio porque es más probable que se trate de “inercia pedagógica” que de otra cosa.

En un escenario ideal, todos los actores de la comunidad educativa deberíamos discutir el cambio y lograr consensos. En la realidad, esto no sucede o al menos no pasa en los tiempos necesarios para los chicos. Hay urgencias, expectativas y necesidades que deben ser atendidas sin dilaciones. Y en este juego hablamos de responsabilidades y por qué no de cuestiones de poder: la última palabra la tiene quien detenta la mayor responsabilidad, es decir el equipo de conducción y las supervisiones. Esto no quiere decir que hay un designio que se marca desde allí, pero sí resulta un condicionamiento o un límite. De ahí la importancia que los directivos conformen equipos y no se trate de gestiones “personalistas”: al menos en este plano, los debates y consensos facilitarán al resto de la escuela la toma de decisiones.

Cuando hay problemas o cuando el cambio no llega, me parece que no está mal “bajar línea” sobre las cuestiones esenciales que no esperan porque sino quedamos permanentemente estancados. Y con esto, como siempre, se abre el debate.

Créditos imagen: Alé, Equilibrio. Fuente: Flickr.
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